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Martes , 11.12.2018 / 14:41 Hoy

Sonido & visión

Para terminar el verano fílmico

Fernando Cuevas

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Vamos cerrando el periodo vacacional, justo la temporada de los blockbusters en la que los grandes estudios apuestan por la taquilla. Como en botica, decía mi abuela, hubo de todo. Dentro del cúmulo de propuestas de véase y tírese, se pueden rescatar la tercera parte poblada por los simios y una película de animación que no prometía nada pero terminó ofreciendo más de lo esperado: acaso por no caer en el juego fácil de las secuelas, en el que está incurriendo cada vez más Pixar, para decepción de propios y extraños. Alguien tiene que pagar las cuentas.

De guerras y ciencia ficción

La primera entrega captó con fuerza la atención de los viejos fans y de paso generó una nueva camada de seguidores; la segunda parte disminuyó el nivel alcanzado por su predecesora y la tercera recuperó el interés, no obstante su maniqueísmo y falta de matices entre los dos bandos en disputa. El planeta de los simios: la guerra (EU, 2017) se enfoca en la rivalidad vuelta personal que se establece entre César y el jefe de un ejército de humanos sacado del apocalipsis coppoliano, consistentemente interpretados por Andy Serkis, ya dueño de la animalidad como forma interpretativa, y por un Woody Harrelson en plenitud de facultades con el corazón entre tinieblas.

Las referencias políticas abundan, desde el campo de concentración hasta la edificación de un inútil muro (no sé si hay de otros), pasando por la imposibilidad de mantener la paz cuando invade la idea de que el otro busca destruirnos, con todo y ese lance simbólico con la bandera para comprobar que el nacionalismo exacerbado solo sirve para echarle más fuego a la hoguera, ya de por sí en estado de peligrosa combustión. En sentido inverso, mientras unos involucionan (pierden el habla, se matan entre sí, ponen a otros a levantar un muro y se creen la especie dominante), los otros van evolucionando en formas más elevadas de convivencia social, aunque después terminen en lo mismo según lo atestiguó Charlton Heston poco tiempo después o… antes.

En el argumento, los personajes simiescos alcanzan a desarrollarse con plenitud, en especial Maurice y Bad Ape, en tanto se extraña en el lado de los humanos un poco más de profundidad y ambigüedad: fuera del rapado mandamás, el resto parece un turba de manipulados con el criterio es pausa al estilo de los manifestantes de Virginia que todavía se tragan el cuento de la raza superior. La dirección de Matt Reeves consigue integrar los impresionantes efectos puestos al servicio de las interpretaciones de los simios con una enfocada puesta en escena. Ingenioso aunque un poco anticipado el intento de vincular esta tercera parte con el resto de la saga, vía la presencia de Cornelius y Nova.

Mientras tanto, en algún rincón de una lejana galaxia, Luc Besson despuntó en los noventa refrescando el cine de públicos amplios para después dar una de cal por una de arena, tanto en el rol de director como de guionista o productor. O todas a la vez. Desde la muy entretenida El quinto elemento (1997), parece que le gustó la grandilocuencia cienciaficcional y ahora entrega con guion propio la derivativa Valerian y la ciudad de los mil planetas (Francia, 2017), basada en el famoso e influyente cómic de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières, cuya publicación transcurrió de 1967 al 2010, esperando mucho tiempo para ser trasladado a la pantalla grande, no obstante haber influido en George Lucas para su Guerra de las Galaxias.

Si la película resulta soportable es por su apertura con Space Oddity de David Bowie, el vistoso y multicolorido diseño de producción, ciertos personajes como el trío de patos que venden información y Bubble, así como por algunas secuencias montadas con pericia y buen sentido del ritmo, reforzadas puntualmente por el score de Alexandre Desplat, si bien el conjunto se percibe entrecortado. La misión y química entre Valerian y Laureline no funcionan en términos de aventura, humor y romance; el conflicto central que involucra a una especie amenazada y el mantenimiento de la paz tampoco termina por atrapar el interés y las actuaciones cumplen en automático sin mayores aspavientos. Curiosa resulta la participación del gran jazzista Herbie Hancock como el ministro de defensa.

De animaciones

Frente a la recurrencia de algunos estudios para jugar a la ganancia segura vía secuelas de éxitos garantizados (solo en taquilla), Las aventuras del Capitán Calzoncillos: la película (EU, 2017) termina por ser la grata sorpresa del verano con todo y sus deslizadas críticas al sistema escolar. Basada en las novelas de Dav Pilkey y dirigida por David Soren (Turbo, 2013), la cinta es capaz de mantener entretenidos a padres e hijos gracias a la integración de dos niveles de discurso bien enfocados para encontrar identificación con los personajes. La historia se centra en la amistad de dos niños que se conocieron en preescolar y, encontrando coincidencias en su sentido del humor, establecieron una entrañable y creativa relación, edificada entre la elucubración de ingeniosas bromas y la elaboración de cómics.

Con estrategias narrativas como el flashback, la ruptura de la cuarta pared y la inserción tanto de voz en off como de relatos producto de la imaginación de los bien dibujados protagonistas, la cinta apuesta por un dinamismo inteligente a pesar de transitar a través de un argumento conocido. Por momentos recordando a las series televisivas de Jimmy Neutron y Arnold, la animación funciona sobre todo en los momentos de agrandamiento y encogimiento, aunque peca de genérica en relación con el resto de la propuesta de Dream Works, sobre todo en el trazo de personajes como la maestra, el villano y los escenarios, que terminan por ser del mismo cartabón.

Si en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, vuelta película por Annaud, la risa era degradante y en Monsters Inc. (2001) se descubre que es mejor fuente de energía que los gritos provocados por un susto, aquí causa escozor tanto en el solitario director de la escuela, en fase de enamoramiento escondido de una empleada, como en el profesor de ciencias recién llegado, al fin villano convencional, que tiene un trauma añejo por la burla de la que ha sido objeto dado su execrable nombre: incapaz de burlarse de sí mismo, intenta vengarse de todo mundo. Curioso que los padres brillen por su ausencia.

En contraste, circulan un par de terceras partes que nadie pidió (excepto el plan de negocios), exactamente igual que muchos candidatos a elección popular que se autoproclaman como necesarios para el pueblo, pero que aquí están buscando hueso o taquilla, según corresponda, sin importarles demasiado la propuesta artística o el servicio que puedan brindar a la comunidad. En Mi villano favorito 3 (EU, 2017) se demuestra que los minions son mucho mejores en papel secundario que como protagónicos (no todos pueden ser como Better Call Saul). Dirigida por Balda, Coffin y Guillon, la historia incorpora al hermano del estimado maloso en crisis de desempleo y a un nuevo enemigo que añora sus años de infancia, cuando fue un actor televisivo. Por momentos disfrutable y con un despliegue animado lleno de color y contrastes, la saga parece anunciar su finiquito.

De lo más flojito de Pixar han sido las películas de los coches humanizados, aunque en esta Cars 3 (EU, 2017), dirigida por Brian Fee a partir de su propia historia, tiene el tino de insertar la perspectiva de género y el rescate por lo viejo como fuente de sabiduría. Si en la Fórmula 1 el asunto se está decidiendo más en los talleres de diseño que en la pericia de los pilotos, acá pareciera que es más importante la autoconfianza y saber aprovechar la oportunidad. El mensaje suena triunfalista y de hecho lo es, pero al menos se buscó cambiar en cierto sentido la lógica de las predecesoras, aunque el protagonista sigue siendo el mismo. La animación conserva el sello de origen y se extraña tanto el humor como un mayor acercamiento al resto de los personajes.

cinematices.wordpress.com
Twitter: @cuecaz

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