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Lunes , 24.09.2018 / 16:43 Hoy

Sonido & visión

Formas del terror

Fernando Cuevas

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De lo sobrenatural a la naturaleza perversa. Un par de películas que retoman sendas tradiciones del cine de terror, en particular la de las cintas de posesión diabólica y la de los desquiciados vueltos asesinos seriales, respectivamente, en donde el centro de la horadación vuelve a ser el hogar y la familia, como ese ecosistema lleno de oportunidades y conflictos donde los sujetos asumen destinos predeterminados o buscan liberarse de las herencias malditas, acaso sin tener del todo claro que afuera parece revertirse todo lo vivido al interior del núcleo primigenio. No es que no haya alternativa, sino que encontrarla requiere un trabajo que implica sumergirse en profundidades siempre peligrosas.

Herencia descabezada

La familia como parte de una maqueta, movida por una especie de titiritero que tensa los hilos y acomoda los muñecos en los distintos espacios de la casa. La abuela ha muerto y asistimos a su funeral, pero de alguna manera sigue ahí, o al menos su impronta. Le hizo la vida imposible a todos quienes la rodeaban, quizá excepto a su nieta, al parecer su consentida. El yerno trata de mantener la distancia y la hija se queja amargamente de su madre recién fallecida; el otro nieto parece también mantenerse alejado emocionalmente. Así, los papás y sus dos hijos intentan continuar su vida de la manera más normal posible, si bien la puberta continúa presentando conductas anómalas y su mamá transita fácilmente hacia la depresión, mientras diseña casas y escenarios miniatura.

Escrita y dirigida con siniestra elegancia desde la primera secuencia por el debutante Ari Aster, El legado del diablo (Hereditary, EU, 2018) es una puesta al día de la posesión como forma de perpetuar el poder adquirido, aprovechando el núcleo familiar como terreno propicio para el fortalecimiento de una tradición que se asume como inevitable y, además, invencible: tras un terrible accidente, la familia intenta seguir adelante para poder lidiar con el dolor pero, sin saberlo, tendrá que hacer frente a esa fuerza que proviene del más allá, sumamente enraizada en el corazón mismo de la historia particular. La referencia a El bebé de Rosemary (Polanski, 1968) es inevitable, así como las de otras cintas que se ubican en el seno familiar como hábitat para la perpetuación del mal.

Con notable actuación de Toni Collette como la madre que no quería serlo y ahora se ve atrapada en una situación que la rebasa por todas partes buscando respuestas donde sea, el resto del reparto se desenvuelve con la necesaria asunción de los roles asignados, tanto actoral como narrativamente hablando: Gabriel Byrne es el racional esposo tratando de darle cierto sentido a todo lo que sucede; Alex Wolff es el hijo adolescente cada vez menos seguro de lo que sucede y Milly Shapiro, de particular gesto, es la jovencita que parece habitar otro mundo, realizando dibujos intrigantes y construyendo muñecos de extraña confección: la cabeza se vuelve objeto desprendible para darle algún otro sentido más allá del cuerpo en el que descansaba.

La inteligente articulación de las secuencias nos termina por atrapar dada la capacidad del guion para ir soltando claves sin desgastarse, a pesar de ciertas acciones que viendo el conjunto no se justifican del todo, como los cabezazos que se da el hijo en el pupitre de su salón. El encuentro con la médium (Ann Dowd, ganando terreno en sus papeles sectarios como en The Leftovers y The Handmaid’s Tale) y el paulatino develamiento del origen y búsqueda para conservar el poder, le brindan al relato un potencial plagado de misterio. La limpia foto de Pawel Pogorzelski se desplaza al compás del score del gran Colin Stetson, moviéndose entre la angustia y la etérea celebración por mantener, al final del día, la herencia intacta.

La ficción como tabla de salvación

Dirigida y escrita con la intensidad acostumbrada por el francés Pascal Laugier (El convento, 2004; El hombre de las sombras, 2012), quien ha buceado por distintos subgéneros dentro del terror, incluyendo el torture porn en su durísima Mártires (2008), Pesadilla en el infierno (Ghostland, Francia-Canadá, 2018) se ubica en el esquema de la familia recién mudada, en este caso una madre con dos hijas adolescentes, que resulta ser acechada por un peligro inminente, aquí encarnado por un travesti y un gigantón con retraso mental que deambulan en un simbólico camión de dulces y de quienes no se sabe mayor cosa, ni la relación que tienen entre sí ni porqué se manifiestan a tal nivel de sicopatía.

Mientras que una de las hijas se muestra como la típica jovencita desdeñosa y malhumorada (Taylor Hickson), la otra aspira a ser escritora de relatos de terror (Emilia Jones), en tanto la mamá (Mylène Farmer) trata de buscar un nuevo futuro para las tres en este destino incierto: el nuevo hábitat es una extraña casa heredada por una tía donde conviven colecciones de juguetes, muñecas de todo tipo y una buena cantidad de recovecos y pasillos bien perseguidos por una efectiva cámara que se pasea por tan bizarra escenografía de circuitos cerrados, uno de los mejores atributos del filme, además de la puntual iluminación que nos acompaña por esa vieja casona de particular decoración.

En la línea del clásico Masacre en cadena (Hopper, 1974) y con ingenioso golpe de timón en el desarrollo de la historia, con todo y la presencia del patriarca Lovecraft, la cinta ha sido señalada como misógina y transfóbica, si bien ahora cualquier villano que no sea blanco y hombre ya se pudiera considerar como un ataque a determinado grupo étnico o de género: cierto, la burra no era arisca, pero por momentos pareciera que nos estamos yendo al otro extremo, sin desdeñar el poder ideológico del cine y su reproducición social, por supuesto. Queda claramente plasmado el macabro infantilismo del criminal, secundado por la complicidad del otro sujeto en esta vertiente desquiciada de deshumanización y reduccionismo del otro al nivel de un mero objeto de posesivo entretenimiento.

cinematices.wordpress.com
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