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Domingo , 27.05.2018 / 09:08 Hoy

Sonido & visión

Espías y sicarios: de los puentes a la tierra de nadie

Fernando Cuevas

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Entre el término de la II Guerra mundial y el colapso de la Unión Soviética, la lógica del poder planetario era bipolar y la lucha por la hegemonía planetaria se realizó, principalmente, de manera soterrada, a pesar de ciertos eventos que estuvieron cerca de provocar una siguiente batalla de la que quién sabe cómo hubiéramos salido librados, considerando el desarrollo bélico. Eso sí: los enemigos eran totalmente visibles, distinguibles ideológicamente y con claras posturas antagónicas sobre temas como el mercado, la política, la organización social y el papel del estado, aunque coincidían en la loca carrera armamentista.

Para el siglo XXI, las reglas no solo han cambiado, sino que algunas de ellas han desaparecido: se inventan pretextos para invadir un país; se recurre constantemente a la tortura; los enemigos no son del todo reconocibles y no necesariamente se ubican en una nación. La mayor parte de las luchas ya no son por la supremacía ideológica, sino por el poder económico y los fines cada vez más justifican los medios; las poblaciones civiles son carne de cañón y ahora ni las familias están a salvo: no quiere decir que antes no sucediera, pero parece ser que ahora es más evidente.

Para ejemplificar estas transformaciones, dos películas notables que muestran las contrastantes características del manejo de los conflictos con una escondida similitud: parece ser que los gobiernos se repliegan y dejan en manos de abogados, asesores, consultores o quien se apunte, la resolución de unas situaciones en las que parecen no querer verse envueltos, aunque estén metidos hasta el cuello. Un caso real en plena guerra fría y una realidad que toca a la puerta, aunque todavía no se introduzca de lleno en nuestra cruenta batalla contra las drogas, hoy cuestionada desde la perspectiva legal, por si hacía falta.

UN HOMBRE DE PIE

En Estados Unidos es capturado un apacible hombre soviético que presuntamente es un espía. Como para mantener cierta imagen, el gobierno norteamericano le pide a un despacho de abogados que lo defienda, a sabiendas que la suerte está echada. Pero resulta que el hombre encargado de llevar el caso se toma en serio su papel y busca dignificar el sistema de justicia estadounidense, evitando que su defendido sea enviado a la muerte, bajo el argumento de que en algún momento puede ser útil. En paralelo, un piloto del famoso avión espía U2, derribado con todo y sus grandes cámaras, es capturado en terreno soviético.

Puente de espías (EU, 2015) es un filme nostálgico en diversos sentidos. El hombre común capaz de realizar una negociación extraordinaria, con una familia cercana y una esposa que prefiere escuchar una mentira con tal de sentirse tranquila. Otro hombre convencido de sus ideales, dispuesto a dar la vida por ellos sin sentirse héroe y con la conciencia de que no sirve de nada preocuparse. Una relación entre ambos de mutua admiración a pesar de representar, aparentemente, bandos contrarios. Sistemas burocráticos que pueden ser vencidos por la entereza individual.

La nostalgia también está en el estilo: siguiendo una larga tradición del cine estadounidense, particularmente del realizado la década de los cincuenta, la narración es pausada y enfocada tanto en los personajes como en los sucesos, con una cámara que busca la funcionalidad combinando planos que van del acercamiento a los rostros, con cierta brusquedad, al nivel puramente descriptivo; la paleta cromática, más bien apagada, acompaña a una puesta en escena rigurosa que se desplaza a través de elegantes transiciones cuyo propósito claro es darle consistencia y clara concatenación a los sucesos. La época se recrea en forma y fondo.

Para la realización del filme, Steven Spielberg, aquí en la línea histórica de La lista de Schindler (1993),Salvando al soldado Ryan (1998), Munich (2005) y Lincoln (2012), formó un dreamteam: junto con MattCharman, los hermanos Coen plantean un guion minucioso y al mismo tiempo abarcativo; JanuszKaminski cuenta la historia con funcionales imágenes y sus habituales destellos insertados casi subrepticiamente, como si de mensajes dentro de monedas se tratara, e integrados de manera prístina por el también viejo cómplice Michael Kahn.

En las actuaciones, Tom Hanks con la solidez acostumbrada ahora cual caballero sin espada (Capra, 1939), acompañado notablemente por el inglés Mark Rylance, viviendo en un calmo realismo hasta en sus pinturas; ambos soportados por un cuadro actoral como sacado de aquellos tiempos, que incluye a Alan Alda como el jefe del bufete y a Amy Ryan en el papel de la esposa, transitando de la angustia a la confianza en una misma mirada. Sutil y discreto, a tono con las secuencias, se presenta el score de Thomas Newman. Los puentes como metáfora de la negociación.

UNA MUJER ATÓNITA

En la guerra de las drogas las fronteras se difuminan, tanto las de la moral como las geográficas, sobre todo si nos ubicamos en la colindancia entre Estados Unidos y México, zona que ha sido considerada como una tercera nación, con lógicas de hibridación y costumbres particulares que no son ni de aquí ni de allá. El planteamiento reduccionista de que ellos consumen y nosotros producimos ya no alcanza para comprender una dinámica cada vez más compleja que ha rebasado, desde hace tiempo, las estrategias planteadas.

Dirigida con la intensidad acostumbrada por el quebequense ya internacionalizado Denis Villeneuve, como se muestra en los filmes Polytechinque(2009),La mujer que cantaba(2010), Enemigos idénticos (2013) eIntriga (2013), y escrita por Taylor Sheridan, conocido por la serie Sons of Anarchy (2008-2014), Tierra de nadie: Sicario (EU, 2015) es un retrato asfixiante y nada descabellado de lo que podría suceder en esta cada vez menos sostenible batalla completamente bañada de corrupción por todas partes, como se advierte en las novelas de Don Winslow.

Una agente del FBI dedicada a los secuestros (Emily Blunt, notable en su idealismo cargado de fragilidad) es reclutada para una misión especial después de descubrir varios cadáveres en una casa de seguridad que anuncian macabramente los explosivos e incomprensibles terrenos que está por pisar, en los que no se sabe quién es quién y cuáles son las intenciones y propósitos perseguidos. Lo que ella conocía sobre la aplicación de la justicia se pondrá en duda cada minuto y ni siquiera el apoyo de su compañero (Daniel Kaluuya), el regreso al cigarro o algún flirteo evasivopodrán paliar su desconcierto.

Ahora trabajará con un consultor en chanclas (JoshBrolin, desparpajado y anunciando el futuro de esta guerra) y un misterioso hombre latino (Benicio del Toro, siniestro como en todos sus papeles relacionados con el tema), para capturar al jefe del cártel de Sonora, sin tener que dar explicaciones ni preocuparse por los cada vez más relegados derechos humanos. De manera paralela, vamos viendo a un policía cuyo hijo le pide que lo acompañe a jugar fútbol en una cancha de tierra que parece ser un reducto contra la violencia circundante: a pesar de los balazos que hieren al horizonte, el partido debe y puede continuar.

Mientras que el filme se puede ver como un thriller criminal de acción, para nosotros se trata de una película de terror y, por desgracia, cotidiano, a pesar de tratarse de una ficción y de que, hasta donde sabemos, todavía no hay esas incursiones paramilitares estadounidenses en las ciudades fronterizas, en este caso, Ciudad Juárez.La fotografía del gran Roger Deakins captura el estado de las cosas, ya sea desde los cielos o a ras de tierra, en la estrechez de algún túnel o en la lejanía de una urbe que se devora las montañas; además, las constantes secuencias cargadas de tensión se potencian por el inquietante score del islandés JóhannJóhannsson, quemando con hielo el desierto de la moral.

cinematices.wordpress.com

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