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Jueves , 19.07.2018 / 10:41 Hoy

Sonido & visión

El perdón de Dios y la venganza del humano

Fernando Cuevas

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Ciertas películas de reciente manufactura están intentando proponer miradas alternativas a los géneros a partir de imbricar elementos de estructuras narrativas divergentes, no necesariamente contradictorias aunque sí de intencionalidades aparentemente diferentes: las clasificaciones y etiquetas usuales de pronto pueden empezar a resultar insuficientes y las descripciones a la mano ya no alcanzan para definir a determinadas tendencias. Así ha sucedido a lo largo de la historia del cine.

Estas búsquedas estéticas, no obstante, tienen referentes claros que conviene no perder de vista para ubicar determinada cinta como parte de un continuo y no dejarla fuera de contexto. La polémica acerca de la estilización de la violencia o de otras calamidades –el hambre, la guerra, las enfermedades– ha acompañado desde hace muchos años al cine, en el sentido de qué tan válido es presentar de manera sofisticada este tipo de temáticas, como si se hiciera una cierta apología de ellas o se aprovecharan para otros fines ajenos a su erradicación.

Un rasgo frecuente de este tipo de películas es que dividen a la crítica especializada y no se orientan a un público determinado, además de que su valor generalmente se puede apreciar tiempo después, es decir, no se trata de clásicos instantáneos ni productos inmediatamente desechables. Suelen dejar cierta estela que se puede rastrear en algunos filmes posteriores que de alguna manera las retoman, quizá con mayor enfoque argumental y trazo de personajes, los conceptos aquí expuestos.

Solo Dios perdona (Only God Forgives, EU-Francia-Tailandia,2012) es un buen ejemplo de esta clase de filmes. Como apuntó Carlos Bonfil (La Jornada, 16/11/13), se trata de una cinta que vive en la paradoja de ser demasiado artística para la cartelera comercial y muy gráfica para el público del cine de arte: en efecto, pudiera definirse como una propuesta de violencia abstracta con trasfondo freudiano místico, cuyas referencias se pueden rastrear tanto en la estética visual de Kubrick y en las atmósferas onírico-siniestras de Lynch, como en la psicomagia de Jodoroswky (El topo, 1970), a quien se le dedica la película, y en el cine hiperviolento hongkonés, pasando por la crueldad expositiva de Takashi Miike y la destructora mirada de la venganza de Chan-wook Park.

Escrita y dirigida por Nicolas Winding Refn (Pusher: un paseo por el abismo, 1996; Drive, 2011), la historia sigue a Julian (Ryan Gosling, impertérrito), un silencioso narcotraficante que regentea un club de box thai en Bangkok, junto a su psicópata y pedófilo hermano (Tom Burke), quien termina salvajemente asesinado después de matar atrozmente a una jovencísima prostituta. El crimen motiva la llegada de la perversa madre (Kristin Scott Thomas, de vulgaridad contrastante), quien obliga a su hijo menor a vengar al preferido primogénito, además de recurrir a otros delincuentes que se tendrán que enfrentar, todos en conjunto, al implacable policía retirado (Vithaya Pansringarm, castigador), por momentos cantante romántico y justiciero destazador de tiempo completo.

La relación del protagónico con una prostituta (Rhatha Phongam) refleja la imposibilidad para intimar, acaso escondida en un voyeurismo inmovilizante o en la necesidad de simular una relación frente a la madre arcaica, orientada hacia un edipismo soez, ofensivamente comparativo aunque soportado por el explosivo hijo aquí reducido a marioneta obediente y sumisa, esquiva hasta donde sea posible y encendiendo el cigarrillo cada vez que se le solicita o bien dando el beso exigido, sobre todo a sabiendas que el deseo inconsciente de matar al padre ha sido llevado de la fantasía a la realidad.

La capacidad de perdonar parece inalcanzable para los mortales, condenados a vivir en un circuito de venganzas que nunca consiguen tranquilizar a quien busca en ellas algún tipo de redención: ni siquiera la amputación-castigo de los brazos pecadores neutraliza la sensación de culpa y el propio castigador pareciera nunca finalizar sus implacables acciones justicieras, acaso también maldecido con la misión de enjuiciar a todo aquél que cometa un pecado, independientemente si es de acción u omisión: su presencia congela atmósferas y sujetos, ya sea que se trate de una fiesta juvenil o un público atento a su canto.

Encuadres teatrales en los que los personajes parecen escindidos en el tiempo y el espacio, imaginando situaciones punitivas o viviéndolas en carne propia, situación enfatizada por el predominio de una iluminación de claroscuros y un color único, sobre todo el rojo, aunque también aparece el gélido azulo o el amenazante amarillo, con todo y los interminables parpadeos de las luces. El juego de espejos y la fractura de la narración lineal remite a paralelismos argumentales y emocionales que viven calladamente los personajes, excepto la habladora y tiránica madre.

En los amplios espacios dejados por los escasos diálogos, aparece el score vaporoso de Cliff Martinez, anunciando castigos y redenciones, ajustamientos de cuentas o posibles desdoblamientos hacia mundos liberadores a los que se llega ofreciendo primero las palmas de las manos y después los brazos, no para el contacto con el otro, sino para el afilado sable que nunca falla: la cámara fija se queda para convertirse en testigo de la sanguinolencia y de las atmósferas turbias de una ciudad pasada por neón, mientras que la cámara desplazada nos lleva a observar solo las consecuencias, no el proceso, de la ausencia del perdón.

cinematices.wordpress.com

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