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Jueves , 13.12.2018 / 09:54 Hoy

Sonido & visión

Edgar Wright toma el volante

Fernando Cuevas

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Es un especialista para mezclar y trastocar elementos genéricos en apariencia ajenos tomados del western, el terror, el romance, el musical y el cine de acción, pasarlos por un tamiz de burbujeante humor inglés y aprovechar tanto recursos como estrategias propias del lenguaje cinematográfico, a manera de ruptura entre lo propiamente narrado con la mirada del espectador; entroncando con subgéneros como la buddymovie, el cine de zombies, la estética propia del cómic y de los videojuegos, ha construido una trayectoria anclada en el cine popular con un sello claramente distinguible, análogo al bricolaje cual enfoque para el armado de su propio discurso fílmico.

Ya desde su debut, el mediometraje Dead Right (1993), Edgar Wright (Dorset, 1974) empezó con esta jocosa combinación de géneros explorada también en A Fistful of Fingers (1995), su primer largometraje: comedia salpicada de algún asesino serial y un vengador en clave de vaquero. Después de zambullirse en el mundo televisivo, se dio a conocer con su famosa trilogía apocalíptica interpretada con química hilarante por Simon Pegg y Nick Frost: El despertar de los muertos (2004), Hot Fuzz: Súper policías (2007) y Una noche en el fin del mundo (2013), en donde tipos comunes de esos que van al bar por una cerveza se enfrentan a fuerzas extrañas.

Entretanto, además de realizar varios cortos y alguna cinta televisiva, dirigió la ecléctica y desfachatada Scott Pilgrim vs. los ex de la chica de sus sueños(2010), desplegada entre el cómic, la lógica adolescente y el videojuego de retos; participó en Grindhouse (2007) junto a varios colegas y en los guiones de Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (Spielberg, 2011) y de Ant-Man (Reed, 2015), cinta que iba a dirigir pero renunció por diferencias creativas (como suele decirse) con Marvel. Contribuyó como productor en Ataque extraterrestre (2011) y Turistas (Wheatley, 2012).

MANEJAR DE OÍDO

Ahora escribe, produce y dirige la muy bien recibida Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver, RU-EU, 2017), en la que un joven con habilidades notables para conducir trata de saldar una vieja deuda con un cerebral mafioso que coordina equipos diversos para perpetrar asaltos (Kevin Spacey, preciso). Como el chofer de Drive (Winding Refn, 2011) pero en tono mucho más relajado, el nombrado Baby del título tiene la misión de esperar en el coche a los compinches de turno para emprender la siempre eficaz escapatoria, acompañado por sus audífonos cual parte de su sistema auditivo.

Su vida se divide entre esperar la llamada indeseada de un nuevo trabajo y la convivencia con su padrastro sordo (CJ Jones), cuya relación no se entiende bien cómo surgió ni se explica más allá de la orfandad en la que quedó Baby después de un accidente en el que viajaba con sus padres. Eso sí, como se muestra en la notable secuencia sacada de un número de Broadway, se pasea por las calles escuchando siempre la canción pertinente, ya sea para ir por el café de los delincuentes o rumbo a su casa: notable secuencia de comedia musical con rítmico desplazamiento de cámara.

Lejos de querer ser un aprendiz del crimen, como equivocadamente sugiere el ridículo título en español (buscando taquilla, supongo), lo que busca este joven con problemas de oído e infancia difíciles escaparse de una vez por todasde ese mundillo criminal, sobre todo cuando conoce a una coqueta mesera (Lily James) con la que organiza un plan romántico de buenas a primeras: tomar una carretera sin rumbo pero con música, sin destino definido aunque con tránsito placentero. Claro, él manejando un encantador automóvil retro mientras suena la voz de su madre (Sky Ferreira, mostrando sus dotes vocales).

El filme tiene sus claroscuros. Además de faltar esa chispa del sentido del humor que mostró en su desternillantetrilogía y que apenas se asoma en algunos diálogos, sobre todo en los que participa Jamie Foxx en plan psicópata, Wright parece apostar más por la forma que la sustancia, dejando un poco a la deriva a sus personajes y omitiendo ciertas explicaciones necesarias, más allá del pertinente uso del flashback y de los breves episodios de ensoñación. Si bien el cuadro actoral resuelve con soltura sus intervenciones, algunos episodios se antojan impostados, como cuando se planean los atracos y la pareja se mantiene en constantes arrumacos (Jon Hamm y Eiza González).

Hay cierto dejo de desperdicio de las posibilidades que ofrece la comedia criminal en general y el planteamiento específico del joven virtuoso y aislado en convivencia con un grupo de asaltantes, sobre todo en los diálogos y en las interacciones entre ellos; el niño, por ejemplo, pudo haberse aprovechado mucho más, así como el personaje de Jon Bernthal y algunas irrupciones en los asaltos, si bien se entiende que la perspectiva principal era la del chofer, interpretado con pericia y sentido de la acción por AnselElgort.

Las secuencias de las persecuciones están notablemente montadas, así como todo el episodio inicial, en el que se identifica con claridad la capacidad en la dirección tanto para la puesta en escena como para la fotografía, ambas entreveradas con la música.Claro que no faltan los detalles que uno esperaría con más frecuencia en una cinta del realizador británico,como el momento en el que Baby les pide a los asaltantes que se regresen al coche para sincronizar la canción con el asalto.Abundan los cameos de músicos como Jon Spencer, Flea y los raperos Killer Mike y Big Boi, en el entendido que las canciones, bien combinadas en estilo y época con la obligada presencia de Simon&Garfunkel, funcionan como columna vertebral del desarrollo argumental.

cinematices.wordpress.com

Twitter: @cuecaz

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