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Miércoles , 12.12.2018 / 23:06 Hoy

Sonido & visión

De dioses y monstruos

Fernando Cuevas

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Transitan por el terreno de lo sobrenatural un par de series que recuperan textos clásicos de terror y una novela integradora de deidades con toques posmodernos, respectivamente, en las que se apuesta por la cohesión de fuentes diversas para construir un relato donde todos quepan, poniendo sus poderes y maldiciones al servicio de la causa, cualquiera que ésta sea. Enclavadas en la cultura pop, aprovechan las posibilidades de los recursos visuales y se suben a la cresta de la ola televisiva en renovada época dorada.

Dioses americanos

Basada en la novela de principios de siglo del siempre imaginativo Neil Gaiman y trasladada a la televisión por Bryan Fuller (guiones para las series Hannibal, Star Trek, Wonderfalls, Dead Like Me, Heroes) y Michael Green (escritor de Logan, Alien: Covenant, Blade Runner 2049, Asesinato en el Oriente Exprés), American Gods (EU, 2017 - ) presenta su primera temporada con una desafiante apuesta visual cargada de claroscuros y filtros incandescentes, bien soportada por efectos especiales que fortalecen el desarrollo de los místicos involucrados y sus enrarecidas atmósferas, aunque que de divinos tienen muy poco, más al estilo de los dioses griegos invadidos por deseos y sentimientos humanos orientados a buscar la adoración de las masas.

A partir del vínculo que establece un misterioso señor de formas educadas conocido como Mr. Wednesday (Ian McShane, divirtiéndose de lo lindo) con un exconvicto que lo ha perdido todo (Ricky Whittle), incluyendo a su esposa infiel (Emily Browining), recién fallecida en un accidente automovilístico, se desata el hilo argumental que va planteando cómo estos dos personajes emprenden un largo viaje para reclutar aliados ante el posible enfrentamiento entre los dioses antiguos y las nuevas deidades, sobre todo representadas por recientes fetichismos hacia los medios de comunicación (Gillian Anderson, asumiendo con soltura personalidades altamente mediáticas del mundo pop), las tecnologías de la información (Bruce Langley) y las ambiciones mundanas (Crispin Glover).

En términos de adaptación de su referente literario, la serie intenta darle más peso a algunos personajes secundarios como a la diosa Bilquis (Yetide Badaki, literalmente como devoradora de hombres y una que otra mujer ya puestas) y al efusivo leprecón Mad Sweeney (Pablo Shreiber), e introduce a Vulcano (Corbin Bernsen), cual líder de un poblado habitado por votantes seguros de Trump; además, multiplica la figura de Jesús, quien no aparece en el libro dado que Gaiman no se sintió satisfecho de cómo había quedado; en cuanto a la cosmogonía árabe aparece por ahí un genio de mirada encendida (Mousa Kraish) que le cambia la vida a un sufrido vendedor (Omid Abtahi).

En contraparte, se desperdicia un poco a Czernobog (Peter Stormare con sangre en las manos), conviviendo con las hermanas Zorya y se sugiere la influencia de Mr. Ibis (Demore Barnes) en el curso de los acontecimientos, confirmados por el mortuorio Anubis (Chris Obi) y algunos de ellos contados por Mr. Nancy (Orlando Jones). Estos dioses mayores o menores, antiguos y recientes, básicamente buscadores de fama, transitan por vistosos escenarios en los que conviven con migrantes de diverso origen –vikingos, mexicanos, africanos, irlandeses- y seguidores cual objeto del deseo, aprovechando un reluciente diseño de producción que nos transporta por épocas y contextos variopintos.

A las notables introducciones de cada capítulo, que funcionan a manera de planteamiento del origen de los dioses en cuestión, se le suman diversos flashbacks que buscan construir las diferentes historias de los involucrados (no todas con el mismo nivel de interés), así como los sueños recurrentes entre premonitorios y de advertencia del confundido protagonista, en el que se topa de frente con un bisonte humeante que en el libro es un hombre con cabeza del animal. La fiesta de la Pascua, ahora repleta de varias imágenes de Jesucristo y la propia Easter (Kristin Chenoweth), sirve como territorio de disputa para convencer a los creyentes de sumarse al culto particular.

Monstruos europeos

Creada por John Logan y conformada por suficientes y justas tres temporadas para evitar el artificial estiramiento de tramas y participantes, Penny Dreadful (EU-RU-Irlanda, 2014-2016) busca poner al día la literatura clásica de terror con algunos aderezos argumentales, unos más afortunados que otros, en los que aparecen brujas disfrazadas de espiritistas, demonios buscando su pedazo de paraíso y seres más allá de la humanidad conocida, usualmente sedientos ya sea de sangre, venganza o amor (o las tres a la vez) pero siempre incompletos o en trance de satisfacer sus oscuras expectativas.

La historia gira en torno a la médium Vanessa Ives y al explorador Sir Malcom Murray (Timothy Dalton), a quien le fue secuestrada su hija por fuerzas del averno, amiga de infancia y juventud de la primera. Para adentrarse en la misión de recuperarla, este hombre de recursos integra un equipo conformado por el pistolero de feria Ethan Chandler (Josh Hartnett) y un joven doctor de apellido Frankenstein (Harry Treadaway), creador de una criatura dolida con alma de poeta que hace las veces de fantasma de la ópera o atracción de feria (Rory Kinnear) y una ex prostituta en su segundo aire (Billie Piper).

Transitan también por el Londres victoriano recreado con cuidadoso detalle, el eterno joven insatisfecho Dorian Grey (Reeve Carney), un especialista en culturas antiguas, particularmente la egipcia (Simon Russell Beale), el infaltable Van Helsing (David Warner) y Sembene (Danny Sapani), el misterioso y fiel ayudante de Sir Murray, también apoyado por el apache Kaetenay (Wes Studi): gracias a un guion equilibrado, los distintos personajes encuentran sentido en el conjunto de la historia y se desarrollan lo suficiente para que su presencia, a su vez, tenga la necesaria importancia.

Con la fuerte presencia de Eva Green en el protagónico, el reparto asume con credibilidad las distintas transformaciones que van sufriendo sus personajes, tanto internas como de aspecto físico, soportadas por algunos flashbacks que explican las relaciones peligrosas que se han establecido entre los distintos seres partidos por una dualidad no pedida. El diseño de arte y la puesta en escena terminan por ser acordes a las distintas secuencias y su intención: la generación de miedo o angustia, o bien la puntualización de motivaciones e intenciones que deja abierta la puerta para nuevos conflictos con el más allá que estallan en el aquí y el ahora.


cinematices.wordpress.com

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