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Viernes , 21.09.2018 / 04:01 Hoy

Sonido & visión

Copa América (VI): rispideces

Fernando Cuevas

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Los partidos de la segunda ronda del grupo C se desarrollaron en días distintos, a diferencia de los demás, realizados en la misma jornada. Se esperaba que brillara el talento pero prevaleció el juego cerrado y ríspido: apenas dos goles que resultaron definitivos, dado el parejo nivel de los encuentros, más bien a la baja.

EN LA LÍNEA DE FUEGO

Los peruanos necesitaban ganarle a los venezolanos para seguir teniendo vida en la Copa, a pesar de su grato debut; por su parte, la Vinotinto podía jugar con el marcador dado su sorpresivo triunfo en el partido anterior. Con estas premisas, buena parte del primer medio transcurrió casi sin visitas a las porterías, enfrascado en una batalla que parecía no apuntar a ninguna parte, salvo alguna combinación extraviada que pronto quedaba en el olvido.

Fue hasta que llegó la expulsión de Amorebieta por un sucio pisotón sin pelota que el rumbo del partido parecía definirse, aunque los peruanos tendrían que demostrar mucho más de lo se había visto hasta el momento; por su parte, los venezolanos podrían seguir jugando de la misma forma, acortando espacios aunque perdiendo presencia hacia delante. Sin mayor sorpresa concluyó la primera mitad como en estado suspendido para ver cómo se reaccionaba para los siguientes 45 minutos.

Perú empujó hacia el frente con más cantidad que calidad y Venezuela se defendía con todo y hasta se daba tiempo de proponer algún contragolpe más o menos inquietante. Pero entonces llegó Pizarro, el jugador del Bayern Munich, para conseguir el tan ansiado y esperado gol para los incas, despertando al respetable del estadio Elías Figueroa Brander en Valparaíso. Los veinte minutos restantes no fueron un día de campo para los peruanos: sacando fuerza del orgullo, los venezolanos se lanzaron y generaron alguna oportunidad a pesar de la desventaja numérica tanto en hombres como en el marcador, aunque ya no les alcanzó.

DE TÉCNICOS A RUDOS

Un festín artístico se podría esperar de un partido entre colombianos y brasileños, conjuntos que tienen en su ADN una estética deslumbrante en la que se privilegia la construcción colectiva y el lance individual de fantasía. Pero la tensión y los nervios se acrecentaban conforme pasaban los minutos: los brasileños, quizá todavía cargando la pérdida de credibilidad, no se enchufaban y dependían demasiado de un solo hombre; los colombianos resentían la derrota del partido anterior y jugaban al aseguramiento. Además pesaba el recuerdo del partido que disputaron en el Mundial

Un primer tiempo desconocido en Santiago. Marcaje severo a Neymar y Brasil parecía nulificado. Colombia fue mejor en buena parte del trámite, sin llegar a los niveles de brillantez acostumbrados, y lo reflejó en el marcador por conducto de Murillo en jugada a balón parado, condición que se presenta como buena alternativa en cotejos tan cargados de paralizante angustia. La reacción de los cariocas no apareció y el silbatazo para anunciar el final del periodo despertó a todos de su letargo.

Para la segunda parte, el tono fue subiendo en agresión, pero no en talento, contra lo que cabría esperar. Los reclamos y roces fueron aumentando peligrosamente y el balón por momentos parecía olvidado. En un error de la defensa, los brasileños tuvieron una clara para empatar pero Firmino la echó por arriba con el arco descubierto, como si no quisiera aceptar un regalo tan burdo.

Destellos de James y Cuadrado en medio de la trifulca y el partido se diluyó en una violencia que trascendió el silbatazo final, con Neymar mandando un pelotazo a Armero y Baca empujando por la espalda al astro brasileño. Desenlace acorde al olvidable guion que desempeñaron los equipos. El fútbol perdió una gran oportunidad de elevarse al nivel de arte.

MICROCUENTO: DESPUÉS DE LA CAMPAL

Cada partido dominical terminaba en trifulca con más o menos intensidad. El campo de tierra se convertía en un polvorín no solo por el tránsito del balón, sino por los conatos de bronca generados por cualquier pretexto. Las bravatas parecían formar parte del partido, como para darle sabor, extendiéndose a un público conformado por las novias, esposas, mamás, compadres e hijos. Pero hoy fue diferente: el juego fluyó sin mayores contratiempos y el árbitro mantuvo los ánimos controlados, sacando las tarjetas con oportunidad. Al final, caguama y taco en mano, los parientes y los jugadores de ambos equipos, incluyendo los expulsados, parecían haber olvidado que algo faltó.

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