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Miércoles , 19.09.2018 / 16:22 Hoy

Sonido & visión

Champions 2017: semifinales de ida

Fernando Cuevas

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A la mera hora, los escudos pesan. La tradición histórica cuenta más veces de lo que las rupturas aparecen. No solamente se trata de predestinación, sino de flujos que llevan mucho tiempo de apuntar hacia la misma dirección. Claro que caben las desviaciones y las anomalías, claves para que surjan las sorpresas y las novedades, elementos indispensables en la vida y en el fútbol. Pero esta vez no fue el caso. Se impuso el blasón y la final de la Champions está casi y prematuramente decidida.

Un par de eficaces atacantes, uno más mediático que el otro, firman sentencias contundentes en partidos al inicio equilibrados, pero al final decantados hacia los equipos tradicionalmente dominantes. Tanto el Real Madrid como la Juventus demostraron, una vez más, no solamente un oficio ancestralmente labrado, sino una convicción manifiesta y resolutiva para estar en la cita de Cardiff, como si los triunfos históricos no hicieran mella en la intención y necesidad de trascender como dos de las instituciones centrales del fútbol europeo. Vamos a los partidos de ida.

Madrid bien vale una semifinal

La más duras rivalidades se dan con los tuyos, los conciudadanos. Cinco minutos iniciales del Atlético plantando cara y lanzando el mensaje de que el papel asumido no era el de la víctima propiciatoria; pero el Real, inmutable, empezó a revertir y antes de lo pensado ya estaba en completo plan dominador, al punto de ponerse en ventaja con cabezazo de Ronaldo cerca del minuto 10: adelantado en la jugada previa sin participar explícitamente, el árbitro juzgó en favor del espectáculo. El gol se insertó definitivamente en la lógica del devenir, cual cauce esperado.

En los aires, los locales dominaban las esferas si bien los visitantes emparejaban el trámite con más enjundia, sello de la casa, que estrategia. Las oportunidades en ambas puertas se mantuvieron durante un lapso, aunque se fueron apagando paulatinamente en una primera parte en la que los de blanco terminaron por jugar mejor, sin terminar de reflejarlo en el marcador. La media parecía más de Modric y Kroos, sosteniendo las aventuras de Carvajal, después lesionado, y la alegría de Marcelo, que de los reacios contenciones del Atetli.

Para la segunda parte, el primer cuarto de hora se inclinó para los ahora hombres de negro –ante la imposibilidad de usar su clásica playera colchonera- sin resultar particularmente peligrosos, aunque sí llevando el partido a una zona en la que la probabilidad del empate al menos igualó a la del segundo tanto merengue. Griezmann continuaba ampliando sus labores al terreno de la recuperación, mostrando que el estrellato compromete, no exime.

Cambios de Simeone sin mayores repercusiones, mirada aguileña de Zidane para sobrevolar el funcionamiento y el partido entrando en un sopor justo para que Cristiano fulminara a Oblak para sentenciar el partido y, de paso, casi la eliminatoria. Queda la impresión que estos dos técnicos deberían estar al mando de las selecciones de Argentina y Francia, respectivamente. El tercero en la frente ya fue como para decir que por más esfuerzos que se hagan a la orilla del Manzanares, se buscó que la eliminatoria quedara definida de este lado de la ciudad, donde predomina el sabor merengue. Madrid, también, bien vale una misa.

La experiencia cuenta

Juventus salió al campo del Mónaco como si estuviera en casa, controlando el balón y con una seguridad propia de un equipo sustentado en estructuras sólidas. El cuadro local se mostraba indeciso al inicio, como si el escenario, el rival y la instancia afectara su estabilidad. Pero poco antes de los diez minutos, el equipo de la ciudad de prestigiosos casinos empezó a generar el fútbol que los trajo hasta acá: versátiles, veloces y punzantes, con todo y que en defensa se enfrentaban a viejos lobos que saben como cuidar la guarida, que cuando eran rebasados, aparecía el macho alfa custodiando la última frontera: Buffon no solo evitó un par de goles, sino que desde la gestualidad marcaba rumbos y recomponía a la defensa.

Al estilo de los grandes, qué tal detener la andanada con un gol: taconazo virtuoso de Alves y definición implacable de Higuaín para poner las cosas en el lugar esperado para la ilustre Vecchia Signora: no en balde es la base de la selección italiana (hasta salieron de azul), aunque la ventaja haya sido producida por talento sudamericano. Imprecisiones por parte de ambos equipos e intentonas del cuadro local que terminaban en frustrantes saques de meta o tiros de esquina improductivos, mientras el primer medio se consumía sin dar cabida a la esperanza igualadora.

Un enjundioso Mbapee de la primera parte, sucumbió en la segunda, dejando en la batalla a Falcao, el tigre colombiano; los cambios tampoco ayudaron demasiado, sobre todo después de que la dosis, por si hiciera falta, se repitiera: el delantero argentino levanta la mano para pedir no la palabra sino la pelota, y el lateral brasileño responde con un servicio justo para el segundo tanto a poco más de media hora del fin. A pesar de verse superado, el Mónaco nunca dejó de intentar, acaso entendiendo que también en la búsqueda, aunque no se encuentre, está parte del sentido del juego: un remate de cabeza franco desviado por Buffon fue la última señal de que hay días, por más que se intenta, en los que resulta imposible concretar.

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