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Domingo , 21.10.2018 / 23:22 Hoy

Sonido & visión

Alien: covenant o el origen de las especies

Fernando Cuevas

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El veterano cineasta inglés Ridley Scott ha padecido y aprovechado por partes iguales su imparable inicio como realizador con tres grandes obras al hilo: Los duelistas (1977), Alien (1979) y Blade Runner (1982). En efecto, el codirector del video para la clásica Avalon de Roxy Music (dato para trivia) se reveló como un gran cineasta que se subía a la ola de la refundación del cine espectáculo en los setenta. Pero durante los años siguientes presentó películas convencionales hasta que regresó en plena forma con la feminista Thelma&Louise (1991) y salió más o menos librado en1492: Conquista del paraíso (1992) Abordó el tema bélico ideologizado (Hasta el límite, 1997; La caída del halcón negro, 2001) y volvió al primer plano con Gladiador (2000). Desde hace algunos años está convertido en un hombre orquesta, produciendo a granel con buen instinto y manteniendo su labor en la dirección, quizá de manera un cuanto distraída como lo muestran preciosistas películas de época con altos presupuestos y disminuido interés (Éxodo: Dioses y reyes, 2014; Robin Hood, 2010; Cruzada, 2005), alguna otra que prometía mucho y terminó ofreciendo poco (El abogado del crimen, 2013) y unas más cumplidoras (Matchstick Men, 2003; Gánster americano, 2007; Red de mentiras, 2008) Tras los aceptables resultados de Misión rescate (2015),Scott decidió quedarse en el espacio exterior, mientras le echa un ojo a la continuación de su Blade Runner, para continuar desarrollando con enfoque creacionista el origen de la famosa especie alienígena perpetrada por Dan O'Bannon y Ronald Shusset y diseñada por el artista suizo H. R. Gigger, que inició con Prometeus (2012) y ahora continúa con Alien: Covenant (GB-Australia EU-NZ, 2017), el más reciente episodio de esta saga fílmica, una de las principales en el ámbito del horror y la ciencia ficción con todo y sus irregularidades y desviaciones (como cuando intervinieron los Depredadores).

Mientras las películas de Cameron, Fincher y Jeunet se fueron hacia delante en el tiempo, retomando al personaje central interpretado por Sigourney Weaver, aquí la pregunta ronda alrededor del origen de tan eficaz especie para estos asuntos de la depredación y la sobrevivencia. Entre la evolución natural y el diseño inteligente o el clásico cuestionamiento acerca de que si Dios juega a los dados, se aborda la relación entre creador y creatura y la forma en la que ésta se desarrolla más allá de lo esperado, como muchas veces se ha revisado en textos clásicos.

RUINAS INFINITAS Y SOLITARIAS ARENAS

El arranque es prometedor: el ambiguo sintético David del anterior filme, dialoga con su creador (Guy Pierce, breve)en un impoluto salón blanco amueblado con lo mínimo y con vista a las montañas (o una imagen), mientras le sirve el té y toma conciencia de su inmortalidad, a diferencia de su amo, intrigado por saber quién es su Dios. Conoce mecánicamente, quizá sin apreciarlo demasiado, el arte humano: Piero della Francesca, Wagner, Miguel Ángel. El prólogo anuncia los temas centrales del filme más allá de la aventura colonizadora: la necesidad de comprender el propio origen, el instinto de sobrevivencia y perpetuación, la superioridad del futuro con respecto al pasado y la consigna del parricidio simbólico.

Pronto se recurre, como en las imitaciones tipo Life (Espinosa, 2017), a una estructura argumental bien ejecutada aunque repetitiva: tripulación entusiasta (acá en parejas), falla en la nave, desvío de la misión original, mensajes equívocos, exploración por un territorio desconocido, heroína arrojada, ingenuidad poco creíble o curiosidad de ésa que mató al gato y el consecuente enfrentamiento con la creatura. En el tránsito, se desperdician algunos personajes y sus relaciones, susceptibles de alcanzar un más profundo desarrollo, en consonancia con la vertiente más interesante del filme, como la particularmente la explícita fe de quien queda como capitán (Billy Cudrup).

Michael Fassbender carga con el peso interpretativo del filme en elusivo doble papel: igual puede sentirse una especie de Ramsés descendiendo del cielo, encarnando su faceta de Ozymandias para empezarlo todo de nuevo sobre las cenizas, que asumirse como Walter, un apoyo incondicional para los humanos en general y para su colega en particular (Katherine Waterston), por la que pareciera sentir algo más que lealtad si es que ello fuera posible. El poema de Shelley, adjudicado por el maloso David a Byron, sirve como base para la absorbente recreación de los siniestros escenarios donde se asienta este solitario androide con siniestras ansias de renovación: hasta dónde puede llegar el ocio.

La pericia de Ridley Scott para la construcción de escenas de acción queda de manifiesto (esa batalla fuera de la nave); vuelve a incorporar el componente sexual aquí visto como invasión amenazante (la escena de la regadera) y la disposición a crear formas de vida impredecibles como las de los evolutivos xenomorfos, necesitados de un huésped al que usan y desechan sin miramiento alguno, fiel a su código genético en proceso de perfeccionamiento. Jed Kurzel propone un potente score que mueve cenizas, al tiempo que la fotografía oscura de DariuszWolski se integra con capacidad adaptativa al trabajo de edición del experimentado Pietro Scalia para darle versatilidad alienígena al desarrollo de la cinta.

cinematices.wordpress.com

Twitter: @cuecaz

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