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Jueves , 20.09.2018 / 18:09 Hoy

Sonido & visión

2017-09-10

Fernando Cuevas

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Las historias de espías son masculinas en su mayoría, respondiendo a una realidad en la que las actividades secretas han sido desempeñadas por hombres en buena parte de los casos.

Las mujeres suelen aparecer como apoyo de gabinete para lucimiento del héroe, como sujetos del deseo que aprovechan la debilidad de los hombres para servir a manera de distractores o bien en plan de comparsas: claro que hay excepciones, como Mata Hari, Joséphine Baker y la rusa Nadezhdala Plevístkaia, así como algunos personajes femeninos en las tramas de espionaje que saltan al campo de acción.

Con directo guion de Kurt Johnstad (300, 2006) y dirigida con nervio por el experto stuntero David Leitch, quien había dado muestra de su capacidad para dotarle de contenido al cine de acción en Otro día para matar (2014), y basada en las series de novelas gráficas The Coldest City de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica (Atomic Blonde, Alemania-Suecia EU, 2017) es un híbrido entre el cine de espías, el de acción y el que responde a una fuente comiquera, cosniguiendo amalgamar un enfoque femenino no solo por la evidente presencia de su protagonista, sino por la manera de representar sus convicciones ante la adversidad, sus vínculos incluso románticos, las fortalezas en el terreno deductivo y físico y también en sus limitaciones, no obstante encarnar la eficacia como forma de vida.

La estructura argumental parte de la clásica teoría del conflicto central sin demasiados artilugios, en la que hay un objeto que todos quieren y se establecen alianzas o traiciones para conseguirlo. Deambulan burócratas convertidos en entrevistadores, espías de campo que no se sabe para quién trabajan, matones que apuestan al mejor postor y algún relojero que sirve de encuentro para conseguir la ansiada, en este caso, lista de nombres cuyo conocimiento puede hacer la diferencia.

Complementan el cuadro algunos sujetos que parecen no tener vela en el entierro pero que mantienen una mirada llena de suspicacia.

Si en El Libro negro (Verhoeven, 2006), el tratamiento fue sobrio y con un mayor énfasis histórico, acá estamos ante una estructura que apuesta por el frenesí y la continuidad de la acción, insertando solo la información necesaria para contextualizar el desarrollo de los eventos, justo cuando el muro de Berlín colapsa para siempre. La recreación de la época se manifiesta a través de una fotografía llena de contrastes, capturando igual los exteriores urbanos que los interiores con todo y los artefactos propios de aquellos días, en los que todavía la lógica palpable importaba más que la virtual.

El planteamiento es congruente con el sentido del personaje y del argumento: no se trata de recuperar el sucesos de finales de los ochenta y sus consecuencias, sino de colocar a la protagonista en el centro de la trifulca, rodeada de personajes ambiguos en los que solo se puede confiar a ratos. Estamos más cerca de las tramas bondeanas y de propuestas del tipo de Nikita (Besson, 1990), que de los relatos sórdidos y burocráticos tipo la notable El espía que sabía demasiado (Alfredson, 2011), de carácter mucho más verbalista e intrigante cortesía de John le Carré.

La edición de las escenas de acción resultan trepidantes, sobre todo a partir de la premisa de la continuidad como por ejemplo la que se desarrolla en el edificio mientras transcurre la manfiestación; no faltan los episodios acrobáticos, las bien coreografiadas peleas cuerpo a cuerpo y las persecuciones cargadas de adrenalina, muy bien acompañadas por un score que nos coloca en los años ochenta por más que intentemos resistirnos: los one hit wonder de Peter Schiling, Falco y los alemanes de Nena alternan sin pudor con nombres de peso completo como Depeche Mode, Queen, David Bowie, New Order y, faltaba más, Blondie, entre otros.

El reparto lo encabeza una convincente Charlize Theron, entrándole al quite con toda la convicción que el caso ameritaba, refugiándose en algún amor que se sabe pasajero y en un vodka que se intuye permanente. La acompaña un desparpajado James McAvoy, todavía en modo fragmentado, Eddie Marsan como el informante de memoria fotográfica, Sofia Boutella como La espía que me amó (Gilbert, 1977), Toby Jones y John Goodman como los pesados inquisidores siempre refugiados en la institucionalidad, junto con James Faulkner como "C", Roland Møller representando al espía que vino del frío y Bill Skarsgård como el apoyo en campo que aparece en los momentos de apremio.

Una película que resulta ser un disfrutable viaje de adrenalina por el final de una época que suponíamos superada pero que se resiste a desaparecer, por más que la guerra fría haya desaparecido tal como estaba definida: ya están aquí los sustitutos. Así quedamos atrapados entre intrigas de política rastrera, puños implacables y amores imposibles más

complicados que las misiones encomendadas.

cinematices.wordpress.com

Twitter: @cuecaz

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