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Lunes , 10.12.2018 / 15:15 Hoy

Neteando con Fernanda

Libertad de expresión, discurso de odio y discriminación

Fernanda de la Torre

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Mucho se ha discutido de los límites a la libertad de expresión: ¿Hasta dónde somos libres de decir lo que se nos ocurra? ¿Tiene límites la libertad de expresión? ¿Somos libres para insultar a otros? La semana pasada en este espacio escribí acerca del odio y de las consecuencias de este tipo de discurso.

Es importante recordar que la libertad de expresión tiene límites; comparto dos comentarios a mi texto de la semana pasada:

Comentario 1: "Estoy de acuerdo que el odio no es bueno y es importante si se da, señalarlo. Pero decir que la Iglesia católica está generando odio por expresar su posición en el caso del gaymonio no estoy de acuerdo; claro, tampoco estoy de acuerdo con la legalización de este tipo de uniones. ¿Ya no podemos dar nuestra opinión o expresar nuestra posición?"

Comentario 2: "Equiparar el odio por el asesino de un ser querido con el desacuerdo de alguien con el matrimonio igualitario es desafortunado y tendencioso. Odio y desacuerdo no son sinónimos. No lo son ni siquiera odio y rechazo".

¿Tenemos libertad para expresar nuestras ideas? Sí, desde luego. Alguien que no está de acuerdo con el matrimonio igualitario puede expresarlo. Se vale decirlo, escribirlo, ponerlo en pancartas o gritarlo. Tenemos la libertad para expresar las razones de nuestro descontento, enojo o forma de pensar; sin embargo, el discurso homofóbico no cae en este supuesto. No podemos —afortunadamente— decir, gritar o escribir nada que manifieste aversión a los homosexuales. Recordemos que la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 2013 manifestó que la libertad de expresión no protege el discurso homofóbico. Los ministros determinaron que las expresiones (recordarán la prohibición para usar las palabras puñal y maricón) que estigmatizan la homosexualidad son consideradas como discriminatorias ante la ley.

De acuerdo con la Comisión Nacional para prevenir la Discriminación (Conapred), "ésta es una práctica cotidiana que consiste en dar un trato desfavorable o de desprecio inmerecido a determinada persona o grupo". Y en su misma página especifica que: "para efectos de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, se entenderá por ésta cualquier situación que niegue o impida el acceso en igualdad a cualquier derecho, pero no siempre un trato diferenciado será considerado discriminación". Sin duda, pedir que no exista el matrimonio igualitario o decir que los homosexuales son anormales niega un derecho y está discriminando a las personas por su preferencia sexual.

Desde el punto de vista de la libertad de expresión (sus obligaciones como miembros de una Iglesia en un Estado laico es otro tema), un cardenal, sacerdote u obispo puede decir que no está de acuerdo con el matrimonio igualitario. No tiene que cambiar su doctrina, ni sus creencias, no tienen que casar a los homosexuales en su credo; sin embargo, calificar a los homosexuales de "anormales", como hizo el obispo de Veracruz en entrevista con Joaquín López-Dóriga, o los comentarios de Jonás Guerrero Corona, obispo de Culiacán, a quien cito: "La Suprema Corte de no hace leyes, para eso son los diputados y senadores. Es un error garrafal, otro engaño más ¿no será que anda buscando gavioto en vez de gaviota?", rebasan los límites de la libertad de expresión, punto. Aquí lo interesante sería aclarar si estas declaraciones son a título personal o están manifestando la postura de la Iglesia sobre este tema, ya que no lo especificaron.

El discurso de odio (en inglés: hate speech) tiene diferentes alcances dependiendo el país. De una manera amplia, se define el "discurso de odio" como la acción comunicativa que ataca, amenaza o insulta a una persona o grupo en base a su origen, etnia, color, nacionalidad, género, identidad de género, orientación sexual o discapacidad. Decir que una persona es anormal por ser homosexual o burlarse de otra por defender el matrimonio igualitario son, sin duda, acciones comunicativas que atacan a un grupo en base a su género.

El discurso de odio tiene consecuencias. Sembramos lo que cosechamos y como dije la semana pasada, el odio es un peligroso bumerán que nos golpea por la espalda en el momento menos pensado. No nos engañemos. Nada positivo ha surgido jamás del odio, desprecio o los insultos. Es imposible, somos libres para expresarnos, pero la homofobia no cabe bajo ese paraguas. No se vale tratar de justificar ese veneno en aras de la libertad. Así de simple.

fernanda@milenio.com
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