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Martes , 16.10.2018 / 14:07 Hoy

Leales como perros

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Seguramente muchos de ustedes conocen la historia de Hachiko, el perro de raza Akita que, después de la muerte de su dueño, siguió esperando su regreso en la estación de Shibuya, en Tokio. Su actitud conmovió a los locales y en 1934 se erigió una estatua del can en el mismo lugar en el que esperaba a su amo como un símbolo de lealtad. Hachiko falleció al año siguiente, víctima de cáncer. Seguía esperando el regreso de su amo en la estación de Shibuya. En estos días leí una nota de una historia similar. En Monterrey un perro de raza Husky corrió varias calles tras la ambulancia que trasladaba a su dueño y lo esperó afuera del hospital del IMSS donde fue ingresado. Su imagen conmovió en las redes sociales. El Hachi regio, le apodaron.

¿Por qué conmueven estas historias de lealtad canina? Quizá porque entre los humanos es más común encontrar historias de traición que de lealtad. Finalmente decimos: “Es leal como un perro”, no “como un humano”.

De acuerdo con el diccionario de Oxford, una persona leal es aquella que es incapaz de traicionar o engañar, actúa con respeto y fidelidad a sus principios morales, a sus compromisos o hacia la persona que lo ayuda, protege o mantiene. Se dice que un animal es leal cuando demuestra fidelidad a su amo.

La lealtad resulta indispensable para la existencia de relaciones sanas y proyectos exitosos. Para que un negocio funcione se requiere que las personas que lo fundaron y quienes trabajan en él crean en su viabilidad. Cuando estamos en una relación —ya sea sentimental, laboral o de amistad— esperamos que esa persona sea leal a nosotros. Por eso duele tanto enterarnos de que alguien a quien ayudamos nos traicionó y difícilmente esa relación sobrevivirá después del engaño.

¿Qué nos lleva a traicionar a un amigo, colega, pareja o patria? Las razones pueden ser diversas; sin embargo, de acuerdo con los expertos existen algunos puntos en común en los traidores. El pensar que nuestros intereses están por encima de los demás es uno de ellos. Otro es la infelicidad; una persona triste o insatisfecha es más proclive a cometer traición. Son gente inmadura e impulsiva.

A pesar de que todos conocemos las nefastas consecuencias de la falta de lealtad, la vemos por todas partes a menor o mayor escala. Es común escuchar a un “amigo” que habla mal de otro o que traiciona su confianza revelando el secreto que juró callar para tener cinco minutos de fama; nos enteramos de infidelidades; “cuchilladas por la espalda” en el ámbito laboral. Y qué decir del mundo de la política, que nos presenta grandes ejemplos de traición casi todos los días. Parecería que tenemos una predisposición para la traición. Afortunadamente no es así.

La insatisfacción o el egoísmo son características comunes en las personas que comenten una traición, pero se puede ser egoísta y estar deprimido sin ser un traidor. Quizá todos hemos faltado a la lealtad con algo o alguien, pero esto no determina que seamos así todo el tiempo.

Hay esperanza. Un estudio de la CIA recientemente desclasificado (https://www.cia.gov/library/readingroom/docs/DOC_0006183135.pdf) habla de la psicología de la traición y la lealtad. El autor expresa que todos nacemos con la capacidad de ser leales, pero esta debe ser sembrada e inculcada desde pequeños. La mayoría de nosotros aprendemos lealtad de nuestra familia. Ese sentimiento mutuo de afecto entre la madre y el hijo se expande para incluir a la familia, vecinos, compañeros de escuela, equipo, bandera y país.

Estamos en una época de buenos propósitos. Tratemos de ser leales como perros, primero con nosotros mismos y después con quienes nos rodean. Hablemos de frente para resolver problemas. Hagamos que esa admiración que sentimos por el Hachiko regio no se quede solo en una cuestión limitada a las redes sociales.

Buen domingo a todos.

fernanda@milenio.com

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