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Miércoles , 19.09.2018 / 12:04 Hoy

Caleidoscopio

Los viajes ilustran

Federico Ramos

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Se puede decir que el aprendizaje de un viaje tiene en sí mismo su propia recompensa, pues uno viaja por muchas razones: desde el viaje de negocios o por mero placer de hacer turismo, o tal vez para estudiar o hacer una investigación, pero en todos los casos la recompensa viene por sí sola, pues regresa uno con una maleta de más. Esa maleta viene repleta de experiencias nuevas, vivencias sustraídas del encuentro inevitable con otra cultura, otra gente, ciudades no antes visitadas, museos, realidades urbanas diferentes a la nuestra, pero sobre todo un mosaico humano diferente, moldeado de manera única por su propia historia, por el impacto de sus raíces, por muchas razones que de una manera u otra impactan a sus habitantes.

Ese es, a mi juicio, el valor de viajar para ilustrarse y aprender algo nuevo; no sólo para convivir con los acompañantes o para visitar monumentos y lugares históricos o sitios turísticos muchas veces sin sustancia. El meollo es alcanzar y lograr algo más trascendente, algo que nos permita crecer, que podamos transmitir como experiencias a nuestros hijos y nietos y en general a los que nos rodean, algo que de alguna manera siembre en ellos también el deseo de aprender, viajando.

Regresamos mi hijo y yo de Australia con la certeza de haber renovado votos en favor de la cultura y del arte, de la diversidad y de la libertad de pensamiento, de que podemos lograr el desarrollo que merecemos si hacemos bien lo que debemos hacer, aplicarnos a convivir en armonía, sin ambiciones absurdas y desmedidas.

Inevitable es hacer comparaciones, pues haber visitado un país rico, ejemplo de civismo y orden, me obliga a sobreponer esos hechos para compararlo con los índices de nuestro México y el resultado es que salimos perdiendo, en eso, aclaro, pero no en otras cosas, pues la riqueza de nuestro país se sobrepone a nuestras carencias y nos da una ventaja: somos un pueblo cálido y afectivo, comparado con un pueblo frío y con escaso sentido del humor; somos un pueblo respaldado por una civilización milenaria, la precolombina, y somos producto de una fusión que dio origen a una nueva nacionalidad: la mexicana, ni española ni indígena, sí, criolla y mestiza, pero con el futuro promisorio de una raza nueva. Tomemos ventaja de ello.


federicoramos@prodigy.net.mx

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