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Miércoles , 17.10.2018 / 03:14 Hoy

Juego de espejos

La sombra de la impunidad

Federico Berrueto

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Se vive una crisis severa de credibilidad y confianza. No hay duda. Para algunos, el problema se centra en el gobierno y en el presidente Peña Nieto. Otros más lo ubican en los gobiernos y los legisladores del partido en turno, para efectos prácticos, el PRI. Ciertamente, los partidos gobernantes padecen el embate de una opinión pública hostil, aunque esto no tiene que ver, necesariamente, con las siglas de un partido. No hace mucho el PAN pasó de partido gobernante a tercera fuerza. El PRD que mantuvo desde 1997 el dominio hegemónico del otrora Distrito Federal, ahora comparte con Morena la representación política de la entidad. Los ejemplos son múltiples y recurrentes, la alternancia es frecuente.

Sin embargo, el problema es más serio y profundo. Quien gobierna encara la desconfianza y el rechazo de la mayoría, pero lo mismo ocurre con quien se le opone. Se podría decir que es efecto por la manera como se eligen las autoridades, es decir, que la mayoría relativa significa que desde el inicio, como consecuencia del voto fragmentado por la pluralidad, quien gobierna casi siempre es electo en condiciones de minoría. La segunda vuelta llama a la puerta como solución. Sin embargo, el problema es más serio y el déficit de legitimidad o credibilidad deviene más del desempeño que del modo en el que se elige.

Lo que está en cuestión no es quién gobierna, tampoco el sistema de elección. De igual forma, no es una crisis circunstancial o temporal. El problema está en el conjunto y el desencanto con la democracia tiene que ver con gobiernos que no satisfacen, pero también con un sistema que no genera vías para canalizar la oposición o el escrutinio crítico al poder. Así, la división de poderes no cumple su papel de conformidad al modelo democrático. La Suprema Corte se agota en la formalidad y para efectos prácticos son muchos los espacios al margen de la legalidad y constitucionalidad. La incertidumbre en el ejercicio de derechos se hace presente en muchos aspectos de la vida cotidiana de las personas, no solo en los escándalos que con frecuencia concurren en los medios públicos.

Tampoco el Poder Legislativo cumple con la expectativa del poder dividido. Los acuerdos cupulares y la disciplina partidaria de los legisladores no ha sido virtuosa. Sí para los acuerdos, no para el debate y mucho menos para la representación de la sociedad. La partidocracia ha provocado un daño profundo a la credibilidad de la democracia mexicana. Los partidos se han cerrado a la sociedad, están en la disputa pura y simple del poder, la democracia interna en el mejor de los casos es farsa y esto ha provocado un daño grave al concepto de la representación política, fundamental para la legitimidad del modelo democrático.

Es cierto, los partidos y los legisladores denuncian y reclaman, incluso invierten en publicidad para exhibir las faltas del adversario. Bien, de eso se trata, pero esto se envilece cuando se hace a la medida del interés partidario, esto es, lo execrable, lo repudiable es cuando lo hace el de enfrente, se ignora, oculta o minimiza cuando lo mismo hace el de casa, el del grupo. Lo cierto es que nadie se escapa de culpa y en la medida en que se impugna sin pudor ni memoria, lo único que ocurre es ratificar en el imaginario colectivo que todos, quienes gobiernan y se oponen, son lo mismo.

El punto de partida de muchos de nuestros problemas se asocian al déficit de legalidad. Debe decirse que es un problema general, estructural. Gobierno y sociedad, autoridad y ciudadano, todos de una manera viven, disfrutan y padecen las coartadas prácticas para darle vuelta a la ley. La consecuencia de una legalidad a medias es una impunidad desbordada. La impunidad lleva a la violencia, también a la corrupción y al incumplimiento de deberes de ciudadanos y gobernantes. Cumplir la ley es materia de intimidación o coacción y si se puede se le ignora.

No hay proyecto político o partidario que pueda revertir la situación. Por su gravedad, la crisis puede ser el entorno necesario para transitar a una nueva situación, pero ello requiere del concurso de todos y, desde luego, de liderazgo, de una forma de autoridad moral ejemplar que le dé fuerza a la convocatoria y a partir del ejemplo propio sirva de punto de partida.

El país se ha habituado a la impunidad, pero también ahora más que siempre y por esa razón, el tamaño del descontento llama obligadamente al cambio. No es preciso llegar al punto de quiebre para el cumplimiento de deberes. Desde ahora, cada cual en su propio espacio, en su propia circunstancia debe hacer su parte para dejar de ser el país de la impunidad.

fberruetop@gmail.com

Twitter: @berrueto

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