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Domingo , 23.09.2018 / 02:35 Hoy

Juego de espejos

El PRD en su laberinto

Federico Berrueto

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Dadas las dificultades, la dirigencia de Agustín Basave ha sorteado razonablemente bien el primer capítulo de los procesos electorales de 2016. Ganar o perder la elección es común en democracia. Hasta el PRI, un partido que nació para administrar el poder, no para competir, ha podido superar la derrota a contrapelo de la unanimidad de politólgos y analistas que decían que la pérdida del poder presidencial significaría la muerte del tricolor. Desde el exterior de los partidos es simple anticipar condenas y muertes súbitas.

El PRD es un partido con una base social amplia, con presencia legislativa y gobierna varios estados y municipios. El PRD, como todo partido, no es su dirigencia, sino su estructura de miembros y, especialmente, los votos leales. Pero ha sufrido grandes pérdidas, las más significativas han sido las de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y López Obrador; los primeros continúan en la política, suscriben el proyecto político del partido que ellos fundaron, pero han marcado distancia de éste. López Obrador actúa para ganar la Presidencia y para ello se ha propuesto ganar la base social del PRD.

El PRD tiene que entender su ciclo. No se trata ni siquiera de someterse a López Obrador, quien está decidido a acabar con el partido que le hizo jefe de Gobierno del DF y dos veces candidatos presidencial. El problema del PRD no es Morena, sino López Obrador y esto traslada a la elección de 2018 la definición de todo. ¿Qué hacer? ¿Presentar un candidato propio o subordinarse a quien se ha propuesto aniquilarles? Si hace lo primero, lo más probable es que quite a su verdugo los votos que necesita para ganar y de paso le dé tránsito a recuperarse ya sin la amenaza del de Tabasco.

2016 no pinta fácil. Por las divisiones internas, difícilmente podrá ganar Oaxaca o Zacatecas. Los pocos triunfos que se avizoran son con candidatos ajenos y queda claro, por la evidencia del pasado, que cuando ganan estos candidatos poco hacen para suscribir algo del proyecto partidista. Allí están los ejemplos recientes de Baja California, Sinaloa o Puebla. Efectivamente, no es cómoda la situación del PRD. Un eventual triunfo en Tlaxcala por Lorena Cuéllar de poco sirve por el pequeño peso electoral de la entidad.

El PRD tiene fortalezas como partido. Seguramente habrá de prevalecer en la elección extraordinaria en Villahermosa, Tabasco, en medio de la polémica y la desconfianza de la elección. El triunfo allí, en el estado originario de López Obrador, es simbólico y de ocurrir sería señal de que para el PRD todavía hay largo camino por delante. Los cuatro gobernantes del PRD, Graco en Morelos, Arturo Núñez en Tabasco, Silvano Aureoles en Michoacán y Miguel Mancera en el Distrito Federal configuran un perfil personal y geográfico suficiente para resistir la embestida de López Obrador, cuya soberbia le impide entender que como aliados son muy valiosos para ganar y como adversarios tienen el suficiente peso para llevarle a la derrota.

Aunque los tiempos actuales no la favorecen, la realidad del país confirma la necesidad de una izquierda funcional para canalizar el proyecto social y traducirlo en leyes, instituciones y políticas públicas. Morena vale por López Obrador; sin éste, el PRD es la opción con mayor densidad ideológica y representación política. La fuerza de López Obrador es su carácter antisistémico, su intransigencia frente a todo lo institucional, aunque su espacio de actuación es un partido y sus prerrogativas, y su camino, ganar el poder a través del voto. Lo antisistémico lo hace ver como amenaza, pero también le concede el potencial de sumar la indignación social, paradójicamente, mayor en las clases medias y con instrucción superior.

La base social de López Obrador no son los pobres, sino los indignados, y de allí su potencial. La intransigencia opositora por la emotividad que provoca es útil para ganar votos (allí está el caso de Donald Trump, aunque en otro contexto), pero es suicida para gobernar y eso significa que hay mucho espacio al miedo y de allí a una previsible polarización. Precisamente, esto es lo que hace necesario a AMLO sumar al PRD, partido que conforme pasa el tiempo le queda claro que lo peor que le puede suceder es ponerse en manos de su verdugo.

Quizá el reto mayor del PRD sea creer en sí mismo y en su capacidad de transitar al futuro sin López Obrador o contra él. Un desafío nada menor para la contienda de 2018, pero que una vez concluida la elección le permitiría disputar en otras condiciones la representación del proyecto de la izquierda mexicana. Para ello deberá recuperar la capacidad de alianza y ver en el PT y Movimiento Ciudadano la conformación de un proyecto viable, creíble y con representación política y geográfica que podría sumarle Jalisco y retener Morelos y Tabasco.


fberruetop@gmail.com
Twitter: @berrueto

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