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Columna de Esteban Garaiz

Un retoque al proverbio chino

Esteban Garaiz

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Casi todos hemos aprendido, y repetido, el milenario proverbio chino, lleno de sabiduría y que forma parte del elenco de la prudencia universal: “Si le das un pescado a un hombre, comerá un día. Si le enseñas a pescar, comerá toda la vida”.

Profunda enseñanza para todos y para todo en la convivencia humana, que nos advierte de caer en la mera asistencia temporal, en el “asistencialismo”, como dicen los petulantes. Hay que pensar, en efecto, en la “capitalización” del ser humano: hacerlo autosostenible.

Pero resulta necesario también advertir de caer en un simplón rechazo a toda forma de solidaridad y asistencia a quienes se encuentran en necesidad (que puede ser temporal o permanente).

Anda en campaña un personaje de corta visión, que considera como un mérito personal ser bronco, para quien la asistencia a cualquier humano necesitado significa “mantener güevones” (se sospecha que pretende montar una empresa de prótesis manuales, que, según sus planes, sería muy redituable).

Olvida el citado personaje que él tuvo una infancia, que lloró exigiendo para mamar, o para que le cambiaran el pañal meado.

Todos y todas (así se dice ahora) hemos desde la más tierna infancia ejercido derechos ANTES de asumir gradualmente, día a día, obligaciones. La vida nos va concediendo a diario la ciudadanía.

La ley nos otorgará, de golpe, al cumplir los 18 años, junto con la mayoría de edad, la enorme responsabilidad de decidir, en el secreto de la mampara, el rumbo de una Nación con más de 125 millones de personas. Sólo comparable a la maternidad o paternidad, que también tendremos que asumir. Derechos y deberes.

El retoque necesario al sabio proverbio chino va del siguiente modo: “Si le das un pescado a un hombre, comerá MIENTRAS le enseñas a pescar”. Después comerá por su cuenta; y enseñará a otros a pescar. Excelente si le ayudas a conseguir la caña.

Es muy cómodo e irresponsable hablar despectivamente de “asistencialismo”, de “mantener güevones”, como si no tuviéramos claro que la fraternidad, que es un valor republicano (porque es valor universal) nos obliga ante seres humanos en múltiples situaciones de desventaja y de “incapacidad productiva”, en que no pueden valerse por sí mismos.

El propio instinto animal de sobrevivencia de la especie (que tienen más arraigado las hembras) nos impulsa vitalmente a ello.

Estas reflexiones se han impuesto, de nuevo, a propósito de las notorias fallas observadas en la aplicación del espléndido programa “Hecho por Mujeres” en el Ayuntamiento de Guadalajara y otros en el país.

Proyecto social de primera clase. Porque una de las situaciones que alcanza carácter genérico en nuestra sociedad de hoy es la de las llamadas mujeres jefas de familia. Que requieren, porque tienen derecho a ello, que el Estado mexicano, como representante legal de la Nación, en cualquier nivel de gobierno, asuma como subsidiario la indiscutible obligación de brindarles la capacitación necesaria para su autosostenimiento en lo posible, despertando su creatividad y talentos.

No con absurdos “emprendedurismos y competitividad” que reclamen rentabilidad de negocios capitalistas.

Hablando de proverbios sabios, tenemos uno en México que nos recuerda cuán presente está en nuestro presente el pasado de 300 años de feroz desigualdad virreinal. Más otros 100 años de fingida república que dejó intacto el mismo orden agrario feudal, con casi toda la tierra cultivable en manos de mil familias; y “cuatro quintas partes de los mexicanos que son parias y no tienen derechos” (como dejó oficialmente dicho nada menos que don Justo Sierra).

Dice el sabio proverbio mexicano: “Más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece”; y hay otro dicho ranchero que viene a cuento: “Al que tiene caballo le dan silla”.

La capilaridad social, que tuvo fuerte dinámica durante casi todo el siglo XX, a raíz de la liberación en 1917 del funesto peonaje de las “cuatro quintas partes de la población” durante el siglo XIX, se ha estancado ahora desde 1982: gravemente.

Encomiable es, por meritorio, que una joven dama de buena familia haya levantado por esfuerzo propio una exitosa empresa pastelera, de cuyas delicias muchos gozamos. Contó sin duda con muchos activos intangibles para su arranque y desarrollo (lo que no demerita su éxito).

Difícilmente comparable es el caso de estas mujeres procedentes, en una generación o dos, de las penurias y servidumbres rurales o suburbanas (que es casi peor), con una escolaridad deficiente que a duras penas completa la primaria o las 4 operaciones aritméticas, y con un grado de “urbanidad” claramente rezagado.

Frente a ello, una capacitación tecnocrática e insensible, que no parte de su escasa preparación previa, puede limitar el éxito del encomiable programa. Ahí está el clave.

www.estebangaraiz.org

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