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Martes , 23.10.2018 / 03:05 Hoy

Columna de Esteban Garaiz

Sí podemos ser noruegos

Esteban Garaiz

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Toda imitación extralógica nos puede llevar al fracaso y a la frustración. México y Noruega son dos naciones del planeta con profundas diferencias. Aquí las niñas biológicamente pueden ser madres a los 13 años; allí deben esperar otros 5 años. Ellos son serios y desteñidos. Aquí somos risueños, asoleados, desordenados y poco disciplinados. Aquí podemos andar en camisa o blusa todo el año. Allá dos meses al año los ponen contentos.

En México llevamos 33 años de descomposición social, marginación de las mayorías, crecimiento económico miserable que no promedia ni el 2 por ciento anual, profundas desigualdades, y frustración política. Estos 33 años fueron precedidos de 40 años, de 1942 a 1982, de crecimiento continuado, inclusión social creciente, entusiasmo y optimismo nacional: "el milagro mexicano", respeto internacional. Con crecimiento económico sostenido arriba del 6 por ciento en promedio y poder adquisitivo de las masas trabajadoras; tierra para las comunidades agrarias.

Por supuesto que hubo sombras: matanzas como la de Tlatelolco, despotismo político, control de sindicatos (porque había sindicatos), manipulación de la prensa, represión ferrocarrilera.

En Noruega hay rey, sale barato, sujeto al Parlamento. Aquí tenemos presidente, caro, encargado de "garantizar la seguridad energética de América del Norte". En Noruega tienen un índice de mortalidad infantil de 3.5 niños muertos por cada mil nacidos. En México se nos mueren vergonzosamente 12.6 por cada mil nacidos, por enfermedades perfectamente curables.

México y Noruega tienen un importante dato en común: poseen petróleo abundante. Noruega en el Mar del Norte, México en el Golfo. Noruega tiene su empresa petrolera estatal: Statoil, próspera y capitalizada. México tiene (o tenía) a Pemex desangrada, saqueada, endeudada y contablemente deficitaria.

Vamos al tema central: Noruega recauda de su economía de mercado el 49 por ciento del producto nacional. Sin tocar sus ingresos petroleros, que se van íntegros al Fondo Nacional para las futuras generaciones. Su sistema recaudatorio es altamente progresivo, donde los grandes consorcios que acumulan ganancias cotizan al fisco en muy alta proporción. Igual que en otra docena de países desarrollados.

El gobierno de México recauda de su economía nacional escasamente el 12 por ciento (ni la cuarta parte que en Noruega); y pretende completar hasta un 19 por ciento recurriendo a gastarse el patrimonio energético, que se está acabando, de toda la Nación, dejando desangrada a Pemex.

Ese ruinoso y criminal régimen fiscal, que gasta lo que no recauda, acabándose el patrimonio natural de las futuras generaciones, tiene un solo propósito: no cobrar a los consorcios poderosos, violando abiertamente el criterio universal de recaudación progresiva. Reproduciendo así un orden político oligárquico, disfrazado, sin éxito, de democracia.

Es verdaderamente irritante oír ahora a destacados decisores políticos, como Pedro Aspe, declarar que la actual ruina presupuestal y del total de la economía nacional se debe a la "grave dependencia" que tiene el gobierno de esos recursos naturales que se acaban. Cuando es precisamente su incompetencia recaudatoria, o por mejor decir: su complicidad delincuencial por no cobrar impuestos a los que más acumulan, lo que ha ocasionado esa "grave dependencia".

Dependencia que se empeora porque el derrumbe de los precios internacionales del crudo es una variable exterior, totalmente incontrolable por la soberanía nacional. La transformación interna de nuestros recursos naturales sí puede quedar al margen de las fluctuaciones del mercado internacional. Porque, además, aun en el remoto caso del uso generalizado de otras fuentes de energía, los hidrocarburos seguirán siendo materia prima de múltiples productos de todo género.

Es precisamente en las fases críticas del mercado internacional fluctuante cuando más claramente se percibe la necesidad estratégica del desarrollo propio en lo fundamental. Esa es la mejor manera de acercarse a la globalidad sin riesgos.

Volviendo a Noruega: es precisamente esa consideración la que debemos entender que ha llevado a sus decisores políticos a no petrolizar su presupuesto nacional; y, en cambio, seguir con su régimen fiscal altamente progresivo y redistributivo, sin disponer de los ingresos públicos derivados de su petróleo, sujetos a las fluctuaciones del mercado internacional (con sus avatares geopolíticos hoy exacerbados).

Su fondo petrolero, de 860 mil millones de dólares, podrá incrementarse de manera ondulada, sin afectar el presupuesto público y en mínima medida la vida productiva de su nación.

Aquí ya sabemos que la propia Cámara de Diputados nos informa, por su Centro de Estudios para el Desarrollo, que el fisco federal ha dejado de percibir desde 2002, 7 billones (millones de millones) por tratos fiscales preferenciales.

www.estebangaraiz.org

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