La Cuarta Transformación de México se encuentra en el hecho histórico contundente de que el prolongado régimen oligárquico prianista ha sido derribado con carácter terminal. Por más de 30 millones de ciudadanos. Se terminó la etapa histórica. Comienza otra.
Pero, del mismo modo, la cuarta fase tendrá que sustentarse en las tres anteriores transformaciones nacionales. Históricamente, culturalmente, y también institucionalmente.
Debemos seguir siendo una nación independiente y soberana; desembarazarnos decididamente de toda imposición extranacional en el orden político, financiero o de seguridad. Sujetarnos al respeto mutuo, a la autodeterminación, la colaboración y la no intervención.
Debemos seguir siendo una república federal, democrática y laica, tutelando todas las expresiones religiosas y todos los derechos de todos.
Debemos seguir conformando un Estado republicano inspirado en los tres principios básicos de la convivencia humana: libertad, igualdad y fraternidad. Eso significa retomar y seguir dejando atrás tantos rezagos, todavía pendientes en gran proporción, del régimen virreinal: castas (aún muy presentes en el subconsciente social), latifundios y peonaje, por falta de escolaridad universal.
Debemos reafirmar con solidez la rectoría económica del Estado, el dominio de la Nación sobre sus recursos naturales, que son su ventaja comparativa, para el desarrollo propio, sin barreras, “sin hostilidades ni exclusivismo”. Sin muros.
Si queremos mirar al futuro con optimismo y confianza, no podemos dejar de tener presente que las instituciones básicas de nuestra república independiente en realidad derivan de manera directa del régimen colonial: con su lengua oficial, su estructura jurídica y social, enraizada en la desigualdad, el orillamiento de los pueblos originarios, con los que seguimos en fuerte deuda histórica.
Incluso durante los primeros 30 años con la religión obligatoria “sin tolerancia de ninguna otra”; y durante todo el primer siglo con un régimen agrario de latifundios y peonaje intacto, que impedía la ciudadanía republicana y la formación del mercado interno. República ficticia.
Mucho de todo esto todavía queda en rezago después de las tres transformaciones previas; y es, por tanto, tarea pendiente (en realidad: previa) de la cuarta transformación que nos hemos propuesto.
Hay millones de niños sin escuela digna, millones de madres sin atención perinatal y, por ello, pavoroso índice de mortalidad infantil. Hay millones de familias en todas las periferias suburbanas viviendo bajo cero: sin agua ni drenaje domiciliario, sin alumbrado público ni banquetas, ni asiento regular; sin cultura de urbanidad (que las autoridades escolares irracionalmente reclaman a las familias recién llegadas a los núcleos urbanos, sin asumir que es la escuela la que debe suplir esa deficiencia).
Hay también millones de jóvenes sin acceso real a la escolaridad media superior y profesional, con notorias deficiencias en su formación previa aun cuando cuenten con su certificación preparatoria que teóricamente los acredita. No es atribuible a ellos.
Inmensas necesidades de asistir a quienes ya produjeron toda su vida, o a quienes deben ser capacitados para producir, o quienes están discapacitados para producir: a eso ciertos dirigentes empresariales le llaman “asistencialismo”.
Todos estos abrumadores rezagos sociales acumulados, en vez de haber sido reducidos, por decenios y decenios de abuso y corrupción, rapacidad de quienes han detentado el poder público y el económico. Hasta que los ciudadanos, hartos, hemos decidido poner un alto, e iniciar la regeneración nacional, la refundación estatal. Depurar las finanzas públicas, establecer la austeridad en la remuneración de los mandos superiores, la racionalidad en la obra pública, la atención sobria de todos los derechos.
Para que las finanzas resulten suficientes, como ha quedado claro en la campaña, es necesario aumentar la recaudación sin aumentar los impuestos. Simplemente: es necesario eliminar privilegios, suprimir el enorme boquete de los “regímenes especiales”, o sea: cobrar los impuestos progresivos a los grandes acumuladores de la plusvalía, como lo ha dejado claro la Auditoría Superior de la Federación. “Por ahí habría que empezar”.
El otro gran rezago, desde 1976, es el salario mínimo. Suficientemente comprobado que su recuperación no genera inflación: el famoso petate del muerto. Por lo contrario: la mejora del ingreso familiar dinamiza el mercado interno. Quedó bien documentado que fue el gasolinazo lo que desató la reciente expansión inflacionaria.
P.D. Según la mitología, los establos del tirano Augias tenían 3 mil bueyes y no se habían limpiado en 30 años. Sólo como referencia.
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La Cuarta Transformación y los bemoles
- Columna de Esteban Garaiz
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Esteban Garaiz
Jalisco /