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Martes , 23.10.2018 / 20:09 Hoy

Columna de Esteban Garaiz

Cancún y la rectoría económica del Estado

Esteban Garaiz

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Pocos mexicanos de este siglo XXI saben que Cancún es producto de la rectoría económica del Estado. Nada en Cancún tiene más de 45 años. Salvo la barra natural.

Es más: la existencia misma del estado de Quintana Roo, como entidad federativa, se sustenta en el crecimiento demográfico, condición constitucional para elevar el entonces Territorio Federal de Quintana Roo a la categoría de estado de la Federación. Al igual, y en paralelas condiciones, que el Territorio de Baja California Sur; y por las mismas fechas.

La Federación Mexicana se completó formalmente en 1975. Previamente los niños en la escuela aprendían que la República Mexicana tenía 29 estados, 2 territorios y un distrito federal.

Este antediluviano escribidor puede atestiguar que la barra de Cancún estaba en 1971 en su estado totalmente natural. Había unas chozas de pescadores, con techos de palma, un poco más al sur, en Playa del Carmen, hoy conocida como la Riviera Maya con todo su glamur y su bullicio nocturno.

En gran manera, fue producto de la insistencia y persistencia de un tabasqueño, David Gustavo Gutiérrez, que después de haber sido secretario general de gobierno en su estado natal, fue designado como el último gobernador del Territorio Federal de Quintana Roo; y después gobernador interino del flamante estado, mientras se redactaba y aprobaba la constitución estatal y se elegía al gobernador.

Una de las más importantes “ventajas comparativas” (dicen los economistas) que México tiene como conglomerado económico, es, sin la menor duda, el conjunto de sol y playas por sus extensas costas, que se completa con la amabilidad de su gente y su profundo acervo cultural en todo el amplio sentido. El turismo es una de las vocaciones económicas de México; no la única.

La costa de la Península de Yucatán hacia el Mar Caribe, o sea el territorio de Quintana Roo, estaba de siglos escasamente poblado por las comunidades originarias de lengua maya. La razón es clara: las recurrentes tormentas tropicales que asolaban cultivos y viviendas; y todavía siguen asolando, aunque hoy las condiciones humanas de “resiliencia” son diferentes.

La ciudad de Cancún se diseñó en el restirador de los planeadores urbanistas de los organismos públicos del gobierno federal. Fue concebida para 60 mil habitantes. En 10 años la planeación había sido rebasada. Miles y miles de jardineros, meseros, conductores, obreros de la construcción, recamareras, cantineros, cuidadores de albercas, empleadas de atención en hoteles o tiendas de todo tipo, enfermeras, controladores aéreos, médicos, ingenieros, arquitectos y abogados y profesionales de toda clase de actividad llegaron de todas partes.

Los servicios públicos no se daban abasto para crecer al ritmo de la avalancha de turistas, por un lado, y de empleados por el otro. Agua, drenaje, alumbrado, vialidades, escuelas, centros de salud, parques y espacios públicos; y, del lado de la autoridad municipal, el control del auge inmobiliario con inversión privada nacional y extranjera; y la inevitable protección civil.

Cancún rebasó con mucho a Chetumal, la capital estatal en la frontera con Belice; y se volvió el motor económico de toda la Península.

Es interesante, casi a nivel de confidencia, recordar cómo el joven gobernador del Territorio, David Gustavo Gutiérrez, economista, y su esposa Lucita León, también economista, se esforzaban en la promoción económica y social de su espacio, tanto en el impulso a la ganadería tecnificada, como la inversión pública federal en un ingenio en la zona fronteriza, y principalmente en el desarrollo turístico por la fundación de Cancún con iniciativa e impulso federal.

Estaban conscientes ambos de la fabulosa vocación turística del Territorio, de su compromiso con la rectoría económica del Estado mexicano y de que, en el marco de la Guerra Fría global, se podía aprovechar los recursos importantes del Banco Interamericano de Desarrollo para impulsar el desarrollo regional propio con todo el apoyo del gobierno federal. Al “bloque occidental” le interesaba demostrar que la “economía de libre mercado” era mejor.

Paradójicamente, la resistencia venia precisamente de quienes estaban a cargo del impulso turístico en el ámbito federal. Antonio Enríquez Saviñag pretendía disuadir al Titular del Ejecutivo Federal de lo que consideraba una aventura arriesgada. Se llegó a comentar que sería un barril sin fondo y un dinero desperdiciado.

Los 22 millones de dólares que prestó el BID se pagaron solos y con creces. Llegó la globalidad. Hoy, 45 años después Quintana Roo padece los serios problemas de su precipitada prosperidad. También disfruta las ventajas.

www.estebangaraiz.org

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