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Columna de Esteban Garaiz

107 Años de República

Esteban Garaiz

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Enero de 1910. Hay treinta mil ciudadanos electores (que saben leer y escribir y son “vecinos” dueños de su casa) en una “república” de 15 millones de hombres y mujeres. El 98 por ciento de la tierra en manos de mil familias.

Los gringos sí saben lo que está pasando en su patio trasero. Los relámpagos son fuertes: presagian una recia tormenta en medio de la paz porfiriana. Desde dos años antes ha habido levantamientos suicidas en Viesca y Las Vacas, Coahuila, en Palomas, Chihuahua y en Valladolid, Yucatán. Todos reprimidos y sofocados a sangre y fuego.

En 1906 ha estallado la huelga en la mina de Cananea, liderada por el jalisciense Manuel M. Diéguez. En las fábricas textiles de Río Blanco mujeres y hombres se rebelan frente a la explotación laboral. Igualmente ahogadas en sangre. Dirigentes fusilados frente a la tienda de raya.

La entrevista de James Creelman, reportero de Pearson’s Magazine. ¿Es una pregunta o es una consigna al viejo dictador? El señor presidente Porfirio Díaz reconoce con aplomo que “el pueblo de México ya está listo para la democracia”.

Casi al mismo tiempo comienza a circular en San Pedro, Coahuila La Sucesión Presidencial, cuyo autor es el hacendado Francisco I. Madero, muy relacionado con los ganaderos tejanos.

El tema central del libro es el sufragio efectivo y la no reelección. Como si ese fuera el tema central de México. Evidentemente sí lo era para los vecinos del Norte: la sucesión sin hacer olas.

Pero el fin de fiesta debe celebrarse por todo lo alto. El Centenario de la Independencia Nacional será festejado en grande (desde el día 15) y México exhibirá su prosperidad y grandeza ante todas representaciones del mundo. Grandes celebraciones, banquetes, desfiles, con Ángel en su flamante columna. Hasta monedas de oro.

En el campo perdura intacto el Virreinato. Dice en 1893 nada menos que el propio Ministro de Educación y Justicia, don Justo Sierra a los diputados del Congreso de la Unión: “Cuatro quintas partes de los mexicanos son parias y no tienen derechos”. Ochenta por ciento son peones, no ciudadanos.

La tierra sigue entonces en manos de los descendientes de los conquistadores. La Independencia de las Tres Garantías ha sido un completo teatro. Cien años más de lo mismo. Qué república podía haber. Cuál libertad, cuál igualdad, cuál fraternidad.

Gatopardismo se le llamaría después. Los aristócratas de Lampedusa, al parecer, aprendieron de los jerarcas y hacendados realistas mexicanos conspiradores del templo de la Profesa: que todo cambie para que todo quede igual.

Los peones de las haciendas, analfabetos, sin tierra propia, ni vivienda propia, sin usar dinero (80 por ciento de los mexicanos fuera de la economía monetaria), sin médico, sin escuela, endeudados, y sujetos a la hacienda. Son castas de virreinato, “nacidos para callar y obedecer”. No deciden de su propia vida. Muchos menos del gobierno local: para eso están los jefes políticos designados por el centro. República por fuera; virreinato estructural.

Nuestros respetos para la insigne generación de la Reforma, jefaturada por Benito Juárez (18 letrados y 12 soldados, dijo Carlos Monsiváis en su espléndido librito Herencias Ocultas de la Reforma Liberal del Siglo XIX. En él cita a Ignacio Ramírez: “El indio es el siervo de la gleba, es el soldado oscuro con cuyos huesos alfombran las facciones civiles los campos de la patria; y el indio muere en la miseria, legando a sus hijos una vida que es herencia de maldición, y la ignorancia, que es la cadena de la servidumbre”.

Arduo les fue a los hombres de la Reforma construir los cimientos de la República, habiendo sufrido dos invasiones extranjeras; la cercenadura de la mitad del territorio de la Nación. Pero el hecho real es que el orden agrario colonial perduró 100 años más.

No hay en el mundo sociedad próspera e igualitaria que no haya pasado previamente por una reforma agraria que libere las tierras y a los que la trabajan. Eso incluye hasta a los Estados Unidos, cuya sangrienta Guerra Civil significó la liberación de los esclavos; y redireccionó el algodón a las fábricas propias, en vez de enviarlo a Gran Bretaña.

Tierra y Libertad fue el lema doble de Emiliano Zapata y sus tropas: tierra propia para el que la trabaja y libertad para el peón.

Ponciano Arriaga lo tenía claro. El “padre de la Constitución de 1857” emitió su voto: “Mientras que pocos individuos están en posesión de inmensos e incultos terrenos que podrían dar subsistencia para muchos millones de hombres, un pueblo numeroso, crecida mayoría de ciudadanos gime en la más horrenda pobreza, sin propiedad, sin hogar, sin industria, ni trabajo. Este pueblo no puede ser libre, ni republicano”.

P.D. Francisco I. Madero fue electo por 19 mil 997 votos. Su muerte, tramada en la Embajada, desató la verdadera revolución y el nuevo Pacto Nacional, ahora centenario.

www.estebangaraiz.org

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