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Hebdomadaria

La respuesta está en el viento y volará

Erik C. Seamanduras

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Son constantes las rachas de viento, de fuertes a moderadas, que erosionan las llanuras de lo que otrora fue el inmenso lago y donde -según cuenta la leyenda, no confirmada- debería edificarse el aeropuerto más grande, más moderno y más bonito del mundo: una terminal aérea que traería la paz, el desarrollo y el progreso para todas y todos los mexicanos.

El ir y venir de ese aire que parece enviado por el mismísimo Ehécatl desde Tlaltelolco, se entremezcla con los fríos vientos que bajan del Popocatépetl, provocando polvaredas que pintan de sepia el paisaje y distorsionan el azul de la región más transparente del aire: son los murmullos y voces amenazantes que pretenden impedir que se concrete el designio atribuible a Malinalxóchitl.

Todo por culpa de un aspirante a huey tlatoani que abiertamente habló de cancelar los trabajos del moderno aeropuerto del Señorío de Texcoco.

Su dicho, provoca encontradas emociones que han ido -in crescendo- del temor a la furia, generando un miedo cerval entre los otros aspirantes a tlatoani que esperan representar al Consejo Superior o Tlalocan, y la nobleza que desde tiempos inmemoriales controla a la sociedad.

¡Está loco! ¡es un sacrílego! Alertan a gritos los tlatoani, los tetecuhtin y también los pipiltin, esa nobleza dueña del dinero y del poder, de la tierra y los medios de producción, esa clase dirigente que ha vivido siempre en la opulencia, rodeada de esclavos y sirvientes, custodiada por los caballeros águilas y jaguares, para cobrar tributo e impedir la construcción de una terminal aérea en sus cuarteles.

Esa nobleza que desde los tiempos precolombinos, se ha coludido con la clase sacerdotal para mantener sometido al pobre, al esclavo, a los siervos, a la clase media, a los trabajadores de metal y los trabajadores de plumas, y que hoy por hoy, con ligeras variantes, continúa y pretende continuar haciendo lo mismo per saecula saeculorum.

Pero esas voces, que no son una cortina de humo, sino de polvo, no pararán la construcción del Aeropuerto Internacional del Señorío de Texcoco ¡No señor! Ese proyecto va adelante, porque es un poderoso designio de la diosa de la hechicería y de las artes oscuras, que ni el mismísimo Vaticano podrá exorcizar.

Tendremos aeropuerto asegura el huey tlatoani, secundado por los mercaderes y tlacuilos. No daremos marcha atrás aseguran sus corifeos, mientras los señores de Culhuacán se aprestan a recibir las solicitudes de salvoconducto de un jaguar y un potrillo mal amansado, para controvertir las decisiones de los señores de Tlalpan, con la esperanza de deshojar la margarita.

Así las cosas al inicio de una primavera que súbitamente subió la temperatura del Valle de Anáhuac. Así, al inicio de esta emblemática semana en la que el sincretismo de un pueblo, conquistado por la espada y la cruz, libera a un ladrón y crucifica a un hombre justo, y lo hace de manera religiosa, puntual desde hace mil novecientos ochenta y cinco años.

Así en una semana ritual, plena de significados profundos, donde a partir del domingo de ramos, reviviremos en una Semana Santa: la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro salvador. Una semana, en la que se hará presente la mentira y la traición, pero sobre todo la fe de un pueblo creyente o como dijera en su momento Karol Wojtila de un "México, siempre fiel".

Un México que se retira a la penitencia y la reflexión, lo mismo en Acapulco, que en Vallarta, Los Cabos o Playa del Carmen, Cancún o Cozumel, a meditar frente al océano consciente de que en el mar la vida es más sabrosa y a sabiendas de que la serpiente anda suelta, y que a partir del primer minuto de este viernes santo, los señores de Tlalpan pueden crucificarlo con el inicio de una pasarela que durara por lo menos tres lunas para determinar al próximo huey tlatoani.

Ante ello y haciendo gala del sincretismo mexica esta hebdomadaria columna se encomienda a Ometéotl/Omecíhuatl que es Dios Padre y Dios Madre, en una sola persona, y cuyo templo estuvo justamente en el Señorío de Texcoco. Claro, todo ello, sin discriminar a la serpiente emplumada, el alma del guerrero que viene del paraíso, el señor del espejo negro y el señor del agua, no sin antes desearles a todos ¡felices pascuas! en estricto apego a la idiosincrasia de nuestro amado pueblo.

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