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Hebdomadaria

El tigre, el jaguar y el potro

Erik C. Seamanduras

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Como si de leyenda o premonición se tratase, allá por las llanuras del señorío de Texcoco -donde antes estuvo un inmenso lago- debería edificarse el aeropuerto más grande, más moderno y más bonito del mundo: una terminal aérea que traería la paz, el desarrollo y el progreso para todas y todos los mexicanos.

Era un designio de Malinalxóchitl, la hermanita traviesa de Colibrí Azul a la izquierda, quien nunca pensó en fundar una ciudad tan grande como Mexhico-Tenochtitlán, pero sí una plataforma de salida y llegada desde el antiguo imperio azteca "urbit et orbit", pero para que esto ocurriera debían aparecer signos y señales reveladoras.

La cuenta regresiva iniciaría con la aparición de un águila devorando una serpiente, parada sobre un montículo de argamasa de cal, arena y gravilla de tezontle, en un punto medio del extinto lago del señorío de Texcoco.

Eso ocurrió, en nuestros días, en nuestra historia reciente, a no menos de dos leguas de distancia del sitio donde aquellos cálidos días del verano del año de gracia de mil trecientos veinticinco se apareció un águila devorando una serpiente a cinco notables mexicanos.

En la última luna de invierno alguien o alguno de los "miles de trabajadores", del Aeropuerto Internacional del Señorío de Texcoco hizo tal hallazgo, tuvo esa poderosa visión en las llanuras tapiadas donde se construyen sobre el lecho del lago las pistas de aterrizaje, donde antes solo volaban patos a la caza de los frutos del agua.

Serendipia: un águila devorando una serpiente, después de cruenta lucha como lo dispuso en su momento Huichilopochtli hace más de cuatro centurias, casi cinco, para renovar los ciclos y enfilar al renacimiento de la gran nación mexica.

¡Allí, ante sus ojos! en el lugar donde el águila real se arrancaba y limpiaba las plumas, sucedió, ocurrió la primera señal, principio de lo que vendrá con el paso de los días, las noches y muchas lunas nuevas que se contarán a partir de ese martes a las diez y media de la mañana del año que corre.

Antes de soltar al tigre, cuenta la leyenda, otros buenos mexicanos recibirán la señal de soltar al jaguar, o desatar al potro bronco que amarraron los señores de Tlalpan al cerro de la silla, pero aún falta mucho tiempo para que ello suceda y según la hechicera responsable de las artes oscuras, todos meterían la mano en esa decisión.

Saldrían a las calles a las plazas, a los sitios de congregación y hablarían y expresarían su voluntad para elegir al nuevo huey Tlatoani, serían muy cuidadosos para no soltar al tigre de don Porfirio, que por cierto nadie sabe quién lo volvió a amarrar o si todavía anda suelto por ahí.

Igual cuidado para no despertar al "bronco" de don Jesús, un potrillo mal amansado que gustaba de brincarse las trancas a como fuera y en una de esas, podría ser como cabrito en cristalería. No perder de vista al jaguar, felino confinado por los señores de Tlalpan a la Sierra Madre del Sur. Ambos por siete años.

Conviene aclarar que esto puede ser el inicio de una nueva leyenda, leyenda urbana del NAICM que seguramente fue inspirada en lo que sucedió hace muchos, pero muchos, muchos años, por designios de Colibrí Azul a la Izquierda, deambulaban en libertad el águila, el tigre, el jaguar y el potro bronco, nadie estaba atado.

Pero antes que todo ello ocurra, preparémonos espiritualmente para la Semana Mayor y recibamos a la primavera que inicia este martes a las diez con quince minutos, tal como lo revela el 192° Calendario del más antiguo Galván en su edición correspondiente al año del perro según el horóscopo de los chinos.

Y, aguas con la serpiente; ahora que andan buscando a quién crucificar.

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