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Jueves , 18.10.2018 / 00:24 Hoy

Igitur

Un solo ornamento: la exactitud

Erandi Cerbón Gómez

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 La vida es como uno la piensa;
luego si uno la piensa mala
se vuelve loco de desesperación
.
José Antonio Ramos Sucre

Cuando se recibe una noticia conviene esperar, primeramente, a que quede disuelta la tensión que produce, para enfocarse en ella. Es más útil así, como los resultados de las recientes elecciones, que fueron al inicio un proceso de propuestas divisivas y desembocaron en un sufragio aceptado unánimemente. El triunfo, antes que el pueblo, debe reconocerlo quien lo obtuvo; los demás deben concederse un tiempo de amnistía crítica, tanto quienes votaron a favor como quienes se revelaron en contra. Salvemos hoy lo que, si perdemos, no podrá recuperarse mañana: la imagen primigenia del político que al inicio de los procesos democráticos era, ante todo, un intelectual vanguardista, una definición de esperanza y sus aliados otra forma de conjugarla.

¿Podemos dejar de catalogar lo que sucede binariamente, o sea en bueno o malo, y sencillamente utilizar la palabra “diferente” para darle a los hechos un matiz más apropiado? Pero ¿cómo uno puede apañárselas sin los derrelictos de la razón? En lugar de hacer el ritual de la víctima sin consentir “el cambio”, mejor hay que consentirlo y, dando cuenta de las consecuencias, decidir entrar o no al recinto a veces íntimo y otras un tanto ajeno del reproche. La famosa “ley de Herodes” al puro estilo mexicano, mucho más que un dictamen populachero, es un silogismo chusco que con seriedad demuestra cómo lo ya ocurrido nos arrincona, y así parece que lo que ha sido reduce el presente a un caso perdido de autocomplacencia.

Un país propio no es lo mismo que nuestro propio país; en tal caso Alicia jamás tendría que haber vuelto del de las maravillas al “que pertenecía”, que nada tenía de suyo. Unos defienden la verdad de la fantasía y otros protestan contra la veracidad de los hechos, como si cada cual tuviera su “hoy” propio, su “mañana” particular, su “ayer” exclusivo y ninguno coincidiera. Para que asumir o asimilar deje de resultar la complicadísima tarea de siempre, será indispensable obrar por convicción y no por ambición.

A lo que se reduce la sabiduría de la libertad es que “lo único que sabemos es lo que nos sorprende: que todo pasa, como si no hubiera pasado”, tal cual lo formula Silvina Ocampo. Ya casi instalados en un nuevo sexenio, no queda sino esperar una mayor apertura gubernamental que impulse iniciativas positivas, respete los valores democráticos y comience una etapa de diálogo que tolere las diferentes posturas. Ello supone el rescate de un país, una gesta del siglo XXI.

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