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Igitur

Ser en otros

Erandi Cerbón Gómez

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Nadie al cual le falte la tranquilidad del orden que predicó San Agustín puede presumirse sosegado. Me preguntaban si Albert Camus había escrito algo relacionado con las treguas y pensé: en el exilio y la guerra difícilmente lo habría conseguido, mucho menos después de inventarse un relato donde el cínico protagonista ruega a dios que alguien muera, lo cual no sucede y entonces él acaba asesinando. Pero en aquel umbral llega a un concepto sagrado de la vida, realiza algo así como un karmático resumen sobre la muerte; accediendo a un lirismo que oscila entre el paganismo y el panteísmo. “Lo importante no es remontarse a la raíz de las cosas puesto que el mundo es lo que es, sino saber cómo comportarse, cuando uno no cree ni en Dios ni en la razón”, comenta.

Hay quienes optan prudentemente por reivindicar la esfera del placer epicúreo delineando otra trayectoria crítica con distintos tipos de novelas, cuentos e historias. Hay quienes difieren de sus conceptos. Hay quienes objeten el significado de existencia como un sentimiento menos melancólico. Sin embargo nadie negará que El extranjero es un peldaño forzoso que subir en la escalera de la literatura.

Otro apasionante autor que realiza consideraciones simbólicas, como los efectos de la crisis económica, política y cultural, que aparecen desde mucho antes de que publicara Desorden y dolor precoz en 1925, fue Thomas Mann, que, confesando estos temas, da una lección de sabiduría y moral acerca de lo trascendente, volviendo un concepto la frase misma del “más allá”, que aprehende André Gide y recomienda: busca a Dios en ninguna parte, sino en todas.

El amor penetra por los ojos: del flechazo al encuentro, del abrazo al lecho, de la costumbre al desencuentro, de la separación a la ruptura. Algo similar ocurre con algunas lecturas si son deliciosas, sabias, homenajes plenos de detalles, de argucias con que ver el mundo no a través de la realidad, sino a través de la imaginación de aquellos que lo cuentan.

Como el ruiseñor del soneto de Enrique Banchs, cada escritor tiene un idioma propio con el que traducir a lenguaje común la paradoja de aquello que le rodea, desde las ciudades enfermas sin remedio y el espíritu insensato de la industria, hasta la posibilidad de transformarlos. Sano sería proponernos reconstituir recorridos antes de convertirlos en destino y trazarlos con menos metáforas artificiosas y más naturales.

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