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Domingo , 19.08.2018 / 17:04 Hoy

Igitur

Permanecer

Erandi Cerbón Gómez

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Me concentro en la vida tras una racha de decesos, unas pérdidas reales y otras imaginarias que finalmente conducen a lo mismo: la ausencia/desaparición. Los paseos de mediodía y los andares de medianoche me han llevado a una sola lectura, que no tiene nada de novedosa respecto al tema pero sí en la estrategia de abordarlo. Traigo a colación Desaparecer de sí (Biblioteca de ensayo Siruela, 2016), obra que pertenece a un escritor que apenas descubro y que ha logrado captar totalmente mi atención cuando más dispersa estaba.

David Le Breton (Francia, 1953) hizo que recordara un libro de hace cuatro siglos, Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. ¿Cómo no va a resaltar entre la multitud alguien que vuelve su objeto de estudio la estructura y disposición de un término ilustrando una puesta en escena de índole psicológica, una difícil identidad contemporánea? Desaparecer, tentación hoy muy de moda. El verbo tiene un significado literal, dejar de estar a la vista o en un lugar; sin embargo, tiene múltiples connotaciones.

Hay maneras discretas de desaparecer o maneras escandalosas y formas de desaparición de sí en etapas específicas, todas subjetivas; aunque posean la profundidad de una perspectiva real, son un producto ideal del pensamiento.

Al hacer una ruptura decisiva (dejando de dar continuidad a algo) no cesa la transformación individual que ocupa nuevos ámbitos, que aunque podría ser o no de una miseria innominable, tiene siempre una faz de conciencia. Resulta innecesario nombrar las cadenas que nos atan, sería un insensato desatino, hay que decir lo maravilloso enraizado al espíritu: ideas, lógica y orden.

Cuando cruzamos un umbral agotados, luego del aborto de alguna humana convicción, desaparecer es una tentativa, hasta que las exigencias de la vida social se relajen. ¿De cuántos modos puede terminar una misma historia —la vida—? Para el consuelo de muchos y el terror de otros, de una. La variación yace en los lazos que creamos y el valor que le demos a esos vínculos. Se me ocurrió escribir sobre esto poco después de que una ruptura y una muerte lograran sofocarme hasta el hartazgo de querer cambiar, con la esperanza de no seguir siendo lo mismo, de ser alguien distinta. Entonces di con la siguiente premisa: “El individuo no cesa de renacer nunca”. No hay que dudar de la existencia, entre estar o no estar, lo primero antes que lo segundo a pesar del estrés, las exigencias, los compromisos y las obligaciones.

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