• Regístrate
Estás leyendo: Ladrillos de cristal
Comparte esta noticia
Viernes , 21.09.2018 / 03:32 Hoy

Igitur

Ladrillos de cristal

Erandi Cerbón Gómez

Publicidad
Publicidad

Hasta el problema de la muerte debería parecerme ya ridículo; ¿el sufrimiento?-estéril y limitado; ¿la vida? -racional; ¿la dialéctica de la vida? -lógica y no demoníaca; ¿la desesperación? -menor y parcial; ¿la experiencia de la nada? -una ilusión; ¿la fatalidad? -una broma… Si lo pensamos seriamente, ¿para qué sirve todo ello en realidad? ¿Para qué interrogarse, para qué intentar aclarar o aceptar sombras?
E. Cioran

El filósofo aullador, como llamaban a Emil, de estar vivo, puedo decir que en rigor ya habría hecho un voto de silencio por decoro y respeto a Diderot o Tagore, dejando de justificar prosaicamente futilidades inexplicables. Empero, hay cosas que nadie hace ni porque moralmente tenga que hacerlas, como ser prudente.

Luego del temblor, sustrayéndome de consideraciones, me mudé, en vez de a una zona poco afectada, a diez edificios de distancia del anterior domicilio dañado; con la ligereza de quien ante una catástrofe evita rehuir otras desgracias, sin desdeñar nada. “Conducta suicida”, juzgaría un psicoanalista de cuisine, aunque el asunto es menos evidente, lo explica Cortázar: “allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes, comprendemos que ya no importa”.

Firmé un contrato para habitar en un edificio literalmente inclinado 3 grados, lo cual no implica mayor incomodidad si se carece de sensibilidad espacial; incluso cuando aquellos que frecuentaban el espacio han dejado de visitarlo, niego cuestionarme (reflexionar sobre temas inminentes resulta vano). Entonces recordé a Leonora Carrington, la musa de Max Ernst: una artista visual fantástica y una cuentista muy extraña, a quien difícilmente algún editor nombraría entre las mejores narradoras pero indudablemente encabezaría, junto con Remedios Varo, el listado de pintoras imprescindibles (esos hitos insoslayables dentro del arte). Qué idioma, el de ella: ambicioso y subversivo.

La vida es mero contraste y exige mucho, reclama que en cada instante preservemos sus rituales; está repleta de algarabías, como descubrir que uno logra acostumbrarse incluso a morar en lugares claramente bizarros teniendo dos o tres razones con qué explicarse. Más vale inmueble viejo y chueco por conocido, que nuevo y enhiesto por caer. Mientras procuremos hablar del futuro y la palabra mañana conserve un sentido, disminuyen las posibilidades de que algo socave nuestras decisiones, sucumbiendo ante una serie de contingencias. Así, vamos de la ironía a la cotidianidad y cuando mejores o peores tiempos vengan, nadie dirá a la manera del panadero al probar el pan, o sea por la boca: escribiste mal. Hubieras contado distintas historias.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.