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Igitur

La vida nunca es obligación

Erandi Cerbón Gómez

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 Una sociedad que se tiene
miedo a sí misma encarna
otra definición del infierno
.

Lenore Kandel

Regirse bajo las normas impuestas por el statu quo, que solo representan favorablemente a una minoría de la población, es infame, especialmente cuando la iniciativa opera por cuenta propia y pretende librarse de coacciones. Ello provoca frustración entre quienes osan rebelarse contra el clasismo porque considerar emanciparse del sistema no significa poder hacerlo, tener consciencia jamás basta para lograrlo. Conviene, entonces, una resignación práctica que implica deslindarse de utopías.

La milenaria lucha entre el Estado autoritario y el individuo que quiere ser con libertad, está vigente desde que Víctor Hugo escribía novelas, Diderot se esmeraba por definir el lenguaje enciclopédico y Marx declaraba la guerra contra el capitalismo. Solamente personajes como Strindberg rompen con un modelo histórico dramático. Podría continuarse el recuento de figuras decisivas y la pluralidad de sus aportaciones, pero en nada contribuye a salvar los inconvenientes que surgen durante estos períodos de crisis económica, política, cultural y científica.

Hay hechos inalterables, cosas como tales irreductibles. Incidentes culturales ahora chuscos, antes graves, continúan ocurriendo causando fricciones entre todo tipo de mentalidades. Errores de percepción,

sí, pero que desencadenan una serie de conjeturas sobre nuestra aprehensión del entorno que nos sujeta a querer modificar o no el mundo, a representarlo sin ambigüedades, odios ni rencores. Dedicar un tiempo a este tipo de análisis no tiene que ver con procrastinar, aunque reflexionar ha ido dejando de parecer ad hoc conforme las circunstancias demandan acción, pero pensar los acontecimientos con inteligencia es un asunto por igual dinámico.

Tragedias al estilo griego aún ocurren en un contexto actual, situaciones conflictivas pero suburbanas; inclusive, de tan frecuentes inspiran filmes que las demuestran, como Fedra, de Jules Dassin; Edipo Rey, de Paolo Pasolini, y Electra, de Mihalis Kakogianni. Están repletas de similitudes palmarias donde generalmente la irritabilidad y la deferencia afectan a las partes optimistas. Brecht convocaba siempre a oponerse contra la insidia; de no revelarse él, sus textos jamás habrían sido publicados: “No acepten lo habitual como cosa natural, pues en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar”.

Comulgar con temperamentos como este evita la extinción de equidad que nos identifica a unos con otros. Vivir nunca debería ser una obligación, sino un acto de convicción. Asumir responsabilidades resulta distinto a actuar por imposición.

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