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Igitur

La vida está en otra parte

Erandi Cerbón Gómez

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Entonces, se inaugura —entre el fulgor y el júbilo— el mundo nuevamente, y pedir lo imposible no es pedir demasiado.
Antonio Gala

La narrativa puede hacernos comprender. Lo gráfico hace algo más: nos engancha con la imagen. En realidad, lo primero que capta la atención de las multitudes, acorde con Platón que comenta en un pasaje de La República donde Sócrates describe los motivos del embelesamiento “by unworthy desire” porque impulsan a la introspección de nuestra propia naturaleza por la incapacidad de dominar o distinguir con exactitud el motivo de que algo acaba por atraernos. Siguiendo esta congruencia, hay que medir el valor de las personas —en caso de querer graduarlo— por su bondad y su capacidad de devoción antes que por otras referencias menos personales, como sus pretensiones.

Igual que los actores que viven a través de un personaje, no tenemos que pasarla ficcionalizando todo para que algo conserve esa cualidad que caracteriza el ensueño. La imaginación —comentan quienes han vivido un desengaño— suele llevar al Gólgota, pero a veces uno se cansa del intelecto y blasfema “sin pelos en la lengua”, como Bukowski, ¡es demasiado tarde, y no hay nada peor que un demasiado tarde! ¿Dónde queda el anhelo de verlo todo como es? Es decir, cómo está. Susana Villalba tiene razón cuando bendice la ingenuidad de tantas horas, los meses pasados en preguntas y ese empeño en ignorar, porque estar rumiando temas es un aspecto novelesco que probablemente surge de la intención literaria y no necesariamente de un apremio real.

Entonces, al evitar divagar uno pretende mantenerse en “el aquí y el ahora” con ayuda de los pequeños gestos que demuestran la importancia de cada momento que vivimos; buscamos un cuento de Ludwig Tieck antes que algo de retórica, alguna fábula de Ambrose Bierce en lugar de un ensayo de Isaiah Berlin, o películas de aventuras donde no falten gestos de ternura, como aquella en que Rhett Butler le da un beso enamorado a una entusiasmada Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, volviendo por un momento un gesto aprehensible en algo inteligible.

Pensamos que para trascender son esenciales las grandes construcciones, cuando en realidad lo que perdura en el tiempo son los pequeños gestos o atenciones que día a día tenemos. No es coincidencia que las obras que cautivan, que fascinan, comuniquen algo inmediato. La relevancia de un gesto puede matar o sustentar la vida. Por ello trascienden en el arte los gestos.

¿Hablar o callar? No importa: el silencio sabe hacerse escuchar. Cuando menos, siempre que concluimos algo para preludiar la restauración de algo más, advertimos un repentino alivio. “A manos llenas he recibido, a manos llenas doy”, escribe un arquitecto y poeta llamado Le Corbusier, que descubrí como pintor en la galería Guillermo de Osma.

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