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Viernes , 21.09.2018 / 19:37 Hoy

Igitur

La infamia de los jueces

Erandi Cerbón Gómez

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La desgracia de Don Quijote
no es su fantasía,
sino Sancho Panza.

Franz Kafka

Cuando algo no sucede por accidente, a veces atamos cabos en el destino para que ocurra. “Quiero matar a alguien y así sentirme vivo”, escribe en su página de Facebook el protagonista de Hogar, que coyunturalmente días después de hacer tal declaración presencia un homicidio. En este drama cinematográfico de actualidad, la directora belga Fien Troch expone los impulsos narcisistas de una pandilla adolescente influida por las drogas, el sexo y la tecnología; donde unos forman parte de ella por curiosidad y otros son observadores.

Acaso con las mejores intenciones, hay quienes deciden hablar y quienes, como les dicta el sentido común, callar, encubriendo su halo delincuente con aparente madurez. El silencio: un factor entre los muchos que conducen a la crisis juvenil. Esperamos escrupulosidad por parte de aquellos que deben predicar con el ejemplo, pero los tutores solo van juzgando, dando órdenes y sentenciando, sin aplicar, como en otras épocas, el castigo y, a la par, también sin perdonar. En este caso los principales puntos solo están esbozados, lo demás necesita indagarse.

Un libro popular que contrasta estas historias sería Todas las familias felices, de Carlos Fuentes, el cual responsabiliza a la familia de las correrías menos afortunadas de los hijos y al odio creciente por el prójimo. Recuperarse para algunas personas, enderezarse de nuevo después de un evento traumático parece imposible porque en rigor interfiere con su desarrollo evolutivo. “Afortunadamente la incongruencia del mundo resulta de índole cuantitativa”, nos consuela Franz Kafka al hacer consideraciones acerca del pasado.

En lugar de hostigarnos, de “escribir sobre la piel la palabra abismo, la palabra epitafio y la palabra sufrimiento”, como dice poéticamente Efraín Huerta, deberíamos tomar medidas para prevenir o modificar una escenografía de persecuciones y miseria, locura y codependencia. Los errores son fruto de la interrupción prematura de un proceso ordenado. La verdad es ésta. Éramos unos adolescentes cuando por primera vez todos nos equivocamos, pero continuar perpetrándolos significa condenarse. Tener sensibilidad debería promover aciertos, no predestinar barbaries. Aunque lo primero puede elegirse y lo segundo suele imponerse.

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