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Martes , 11.12.2018 / 15:17 Hoy

Igitur

Entre las palabras y las cosas

Erandi Cerbón Gómez

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          Así que no hablemos de nuestro carácter, que
     trasciende con creces su limitada comprensión
     Natsume Soseki

Entendemos los contrastes porque hacemos distinciones, pero en su mayoría quienes están obsesionados con el materialismo dejan de distinguir donde comienzan a hacer del sujeto un objeto; no embelesados por la magnanimidad de una “cosa” o por lo que ella representa: saber lo que algo cuesta no implica valorarlo. El fenómeno de corromperlo todo, de apartarlo del significado primeramente dado, pasó de ser un hecho aislado a una cotidianidad que nunca solazará al espíritu. George Perec en Las cosas, texto aparecido en la colección Les Lettres Nouvelles —que traduce Seix Barral al español y luego retoma Anagrama—, enfocado en el consumismo, hace una connotación más romántica que social sobre éste: sin carga política, propone interpretar de un modo distinto el mismo aumento de “productividad” para entenderlo desde la praxis literaria.

Alguien, al estilo de Jeremy Rifkin, protestaría contra una cosmovisión literaria para plantearse una problemática a nivel mundial que requiere puro pragmatismo, aunque, sin el resplandor de una buena prosa, la sensación de poder matizar cualquier hecho le parece poco probable a ciertos temperamentos. Nos preguntamos como lectores qué tanto las palabras pueden modificar en rigor el pensamiento sistemático de alguien que jamás ha buscado reconstituirse, sino restablecerse en el confort, aquellos que consideran la forma como lo más importante de una historia cuando lo crucial es el fondo de ella. Parafraseando a Amélie Nothomb: “Uno tiene derecho a no recordar los detalles técnicos del universo, Marignan 1515, el cuadrado de la hipotenusa, el himno nacional americano y la clasificación de los elementos químicos. Pero no recordar lo que te ha conmovido, por leve que sea, es un crimen que demasiadas personas cometen”, estimuladas por las tantas “cosas” que aparentemente necesitan y posiblemente ninguna les haga falta.

La lectura es simplemente un hábito saludable de gente culta. No debe haber otra pretensión tras ello. Sin embargo, el modo de comprender las cosas nos condiciona: salva el criterio o lo reduce a un puñado de prejuicios. Por ejemplo, la gran belleza de la literatura oriental, de la estética nipona que tanto destaca Tanizaki en sus obras y que posteriormente retoma Tadao Ando en su arquitectura, tienen que ver con un modo de conservar los criterios básicos de estética y supone “que a quienes ensalzan la belleza (...) moderna les resultará inconcebible aquella otra belleza que tenía algo de fantasmal”.

Nada importante se logra basado en el escepticismo, pero éste se contagia y la determinación no. Falta una dimensión histórica que permita abarcar no una inmediatez categórica, porque incluso hay una razón histórica por cada cosa. Esta serie —aparentemente— de cavilaciones fundamentan una arqueología del saber que, contrariamente a nuestra intención de voluntad, perdurará más allá de todo.

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