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Igitur

En la encrucijada

Erandi Cerbón Gómez

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Soy un simple accidente; ¿por qué tomármelo todo tan en serio?”, dictaminó Cioran después de que su madre le dijera que de suponerlo infeliz lo hubiera abortado. A pesar de las tácticas dilatorias del destino, uno halla el modo de continuar su camino, aunque sea iluminado por un sol escéptico. Este asunto requiere de mucha convicción, puesto que los sistemas en mayor o menor medida autoritarios, suscitan en naciones e individuos casos sorprendentes de desviaciones: Rusia busca recuperar su papel hegemónico. El Estado Islámico prosigue su política de terror. China se apresta a traducir su poder económico en influencia geopolítica. Estados Unidos pierde fuerza...

Las catástrofes requieren sutileza, escribe José Eugenio Sánchez; sin embargo, hoy el asunto parece otro: ¿cómo confiar en el azar siendo un caprichoso? Resulta imposible estar tomando lecciones que dictaminen qué desasosiego es políticamente correcto o qué terrorismo sería más cruel y cuál pueblo inocente. Los actos de violencia nos conciernen por igual, particularmente aquellos cercanos geográfica o culturalmente.

Seguir con vida constituye un acto de resistencia de un valor tanto desinteresado como sublime: proclamo una profunda admiración por cualquiera que todavía no haya pensado suicidarse. Ojalá un ángel como el de Jimmy Stewart en It’s a Wonderful Life se apareciera diariamente, promoviendo valorar la existencia. Con tomar en cuenta a una persona basta para salvarla de la tentativa que supone resignarse a vivir.

Hay momentos en donde cualquiera, aturdido, no encuentra el modo de estirar los bordes de la paciencia y unirlos; algunos lo saben y no se preocupan, otros lo saben y se burlan.

Son generalmente personas de letras quienes combaten la desintegración del orden mundial que la ascendente presión del odio está propiciando, a sabiendas de que una tragedia reconocida puede generar una catarsis purificadora. Por ejemplo, Roberto Juarroz considera el oficio de la palabra, más allá de la pequeña miseria y la pequeña ternura de designar esto o aquello, un acto de amor: crear presencia. El oficio de la palabra es la posibilidad de que el mundo diga al mundo, la posibilidad de que el mundo diga al hombre.

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