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Lunes , 15.10.2018 / 13:17 Hoy

Decantación

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Llegado enero uno cobra la idea de afinar costumbres y pasar revista. Vivir en sociedad, donde nada es ficticio, implica involucrarse, revelarse contra la hostilidad y la miseria, con terca esperanza. Por naturaleza somos seres curiosos, empeñados en adaptarse a la asimetría feroz pero hermosa del mundo y así seguir marcando hitos, atando cabos. En vano hay quienes intentan trabajar para evadirlo y con tal de disimularlo inventan cualquier cosa, frágiles estrategias que mal se unen al “súbitamente improbable día de mañana”.

¿Cómo superar la monotonía que acecha? O mínimo: ¿cómo separarse de la masa por un rato antes de volver a la repetición? A veces las ambiciones resultan tan vulgares que la desesperación tiene vergüenza. ¿Cómo estar al alcance de la profunda meditación que requiere lo cotidiano? Desde el vaivén con memoria que son los hechos. ¿Cómo evitar malgastarse? No podemos hablar del futuro como hablamos del pasado. Se puede pensar entonces en el día que pasó. O en las personas que pasaron. Inútil huir del recuerdo: la memoria está ahí. Sin embargo surgen las justificaciones siempre, justificaciones forzadas, humildes disculpas. Hasta que uno descubre que ni siquiera le interesa que lo perdonen. Si hay valor, no se enfurece. Imposible vivir temiendo, es una sensación que tensa la mente más de lo soportable. Estamos perfeccionados para involucrarnos o aguardar, no el final de los tiempos, sino la ayuda bendita de algún elemento: un milagro. Absurdo intentar mudarse a diferentes países. Porque cuando menos lo esperas, entre carcajadas, después de una palabra dicha, reconoces todo.

Atesoren los momentos. Si tienen capacidad de arreglárselas cuenten poco con las redes sociales o la tecnología, guárdense una libreta y pluma (los mejores iniciadores de discursos). “Aprendan a mantenerse abrigados con la respiración, acuérdense de la bendita costumbre de amontonarse”, dicta Clarice Lispector. Sí, uno debe empeñarse para que lo respeten tal como quiere ser.

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