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Miércoles , 17.10.2018 / 07:17 Hoy

Igitur

Consideraciones

Erandi Cerbón Gómez

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Califico de magras las facultades para discernir por parte de quienes toman trascendentales decisiones, especialmente tras ir descalificando referentes importantes, lo cual presenta un desafío: armarse de criterio propio a falta de certezas. No voy a repetir lo que muchos dijeron, ni a decir lo que algunos han preferido callar; solo doy mi sentido pésame por la muerte del Premio Nobel y su inicial significado. Los premios resultan ser ahora galardones tristemente famosos y extraordinariamente ridículos; aunque en principio no odio lo extraordinario, no gusto de lo contrahecho o desfigurado. Los miembros de la Academia Sueca (cito un poema de Kenneth Rexroth) después de que hayan dormido un siglo sobre nosotros el otoño va a seguir pintando los Berkshires. Me sumo a aquellos que dan justo reconocimiento a los que estuvieron y no en la candidatura al laurel, ninguno desconocido como Julian Barnes, Sjón, Jean Echenoz, Philip Roth, Javier Marías, Cormac McCarthy, Margaret Atwood o Peter Handke.

Este otoño suponía al principio una tracería de sombras y hojas muertas; sin embargo, al proponerme hablar del libro semanal que me compete, reverdecieron luego del jueves pasado mis esperanzas. Devuelvo protagonismo a una figura que lo merece: W. Somerset Maugham, heredero de Maupassant y Flaubert, dueño de una carrera que estuvo colmada de triunfos, de aportaciones
literarias relevantes. Fue un esplendido novelista cuyo talento cristalizó en sus cuentos, donde retrata al estilo de Turguénev el nada discreto encanto de la burguesía.

Lluvia y otros cuentos (Atalanta, 2016) recopila las minuciosas dotes para la narrativa que poseía el británico y que, al concentrarse todas en un mismo volumen, logran ser una perfecta unicidad dramática. Panoramas magníficos de elegantes escenas que transcurren interrumpidamente entre personajes salpicados de aguda malevolencia son los que aportan “La carta”, “El sacristán”, “La nave de la ira”, “El mexicano lampiño”, “Red”, “Don sabelotodo”, “La bolsa de los libros”, “La joya”, “Cosas de la vida”, etcétera, legado prolífico que lo consagró a nivel internacional durante el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial y los memorables años veinte en Londres, Nueva York y París, ciudades que lo colmaron de un sentido cómico muy particular, el cual le facilitó crear sin aparente angustia, cansancio o dificultades técnicas. Identifico en dicha antología a un libertario que en las debilidades fincó su fortaleza. Conviene tenerlo presente siempre: hasta el lector más apresurado podrá reconocer que en Maugham hay una maestría incomparable, sin excesos verbales o discontinuidades lógicas. “Sé feliz, feliz, feliz” afirmó, como hace el joven príncipe Hamlet en sus respuestas cuando menos seguro está de sí mismo.

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