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Viernes , 22.06.2018 / 10:25 Hoy

Igitur

Confrontarse con la dolencia 

Erandi Cerbón Gómez

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Su compulsión es la rendija por donde se cuela, a codazos, su grandeza; es también una limitación y la marca dolorosa de su intransigencia. Desde esa fiebre espasmódica y lúcida, surge una y otra vez lo de siempre: su percepción de la existencia, esencialmente herida por la desaparición de Dios.
María Negroni

Nunca he sido partidaria de juzgar el carácter de alguien sobre todo apasionado, consciente de que hay ocupaciones que exigen un ímpetu particular. Este tema provoca polémica y reflexión por las importantes obras concebidas durante arrebatos de intensidad; no pretendo justificar o defender las maneras poco ortodoxas del “genio” al conducirse entre la sociedad, pero sí tengo claro que mostrarse sensible requiere agallas. Hoy, cuando cualquier clase de farsante predica la moral, como escribe Dickens, parece mejor idea concentrarse en esa minoría auténtica que se ahorra dar cátedras al no necesitar escudarse atrás de un discurso; en la medida que pretenden alejarse del mundo terminan acercándose a él. ¿Pasión o indiferencia? No sabría con cuál de las dos resulta más difícil lidiar. Ambas pueden ser vainas perversas.

Sobriedad, sencillez, verdad: una suerte de valores que deben nutrirse y cada día nos preguntamos con qué material alimentarlos. Éluard sentencia que la poesía tiene por meta la verdad práctica. Pero el poeta carece de practicidad y le sobra exaltación. Ni Lorca, Storni, Zweig, Hemingway, Lugones, Márai, Quiroga, Plath o Pizarnik tuvieron quien orientara y vigilara sus pasos entre el laberinto creativo o les indicara cómo salir cuando llegara el momento oportuno. En sufrimiento, angustia y tragedia está resumido el abrupto final que permite la posteridad de extensas bibliografías, insoportables tormentos que devinieron piezas fundamentales de la literatura, consumado ya el delirio autodestructivo.

Otros personajes como León Felipe huyeron o desaparecieron, pero la muerte y la soledad no son caminos muy diferentes. Van Gogh lo dijo: “Los artistas, en la sociedad actual, no somos más que cántaros quebrados”, que —agrego— aunque no lo estuvieran, acabarían por desbordarse. Historias de profundos desequilibrios, hiriente belleza, certidumbre y duda jamás habrán de faltar para seguir contando sin tener que insistir en explicarlas, los que tienen que entender, entienden mediante la reflexividad. Bernhard acierta: un arte de supervivencia, aunque sea genial e indigente, se revela como un indigente intento de supervivencia.

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