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Sábado , 20.10.2018 / 23:05 Hoy

Igitur

¿Cerrar la puerta?

Erandi Cerbón Gómez

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Reconozco a Pascal Quignard entre los mejores corresponsales de la literatura contemporánea. Recientemente editorial Canta Mares me ha dado una grata sorpresa, al publicar El niño con rostro color de la muerte, breviario de testimonios, hechos y declaraciones sobre la metamorfosis sufrida por leer incesantemente, actividad que transforma primero el carácter y luego la apariencia; exponiendo al tanatos en términos metafóricos que hace alegoría del eros.

Poco o casi nada departimos sobre algo que cause sensación de vacuidad, porque alude a la fugacidad de la existencia; Quignard, sin embargo, aborda la muerte, fuerza enigmática y enajenante, con admirable economía de recursos en 94 páginas. Solamente las reflexiones de un escritor arcaico no suelen rehuir a enfrentar con gallardía los finales, tanto de la existencia misma como de sus historias.

El pánico colectivo supongo que debe radicar en un hecho evidente: nadie ha regresado tras cruzar ese funesto umbral luego de exhalar su último suspiro, para contarnos de qué va la cosa, empero hay un niño que continúa viviendo sin respirar y algo nos dice. Mediante su pueril conciencia caemos en cuenta de lo implacable de la lectura, que entrelaza vida y muerte (la primera traicionera, la segunda inefable), términos milenarios narrados desde la antigüedad griega y romana hasta la fecha, que logran conjugarse siempre de distinto modo.

Este cuento fue cifrado en el dolor de los tiempos, donde el único consuelo de Quignard era la escritura, buscando el origen de una herida que cerrar. Publicado por vez primera en 1979 con otro nombre, El secreto de los dominios, que modificó en 2006, no debe confundirse con una fábula relatada; es un libro en forma, resucitado y renovado, delicada construcción en pos de que reconozcamos la muerte. Ordena leer, como el protagonista, teniendo plena certeza de que la actividad colma pero no sacia.

Últimamente he pasado largo rato a puerta abierta temiendo la oscuridad; no habría porque inquietarse si la puerta se echase encima de sí misma, quizás la mórbida penumbra devenga inédita ternura. Que la vida no resulte como la literatura sino la literatura como la vida, pienso. “Aunque se tratase del más apático y cobarde de los hombres, no tiene por qué temer de un dejo de terror”, si escuchara un portazo.

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