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Jueves , 16.08.2018 / 10:08 Hoy

Igitur

Buenas compañías

Erandi Cerbón Gómez

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En vísperas de comenzar otro mes que nos apresura al final del año y en aras de seguir una línea discursiva coherente semana tras semana, pretendo alejar enemigos y, mejor, mantener cerca a los entrañables escritores de épocas pasadas que han condicionado mi presente. Enfocarse en algo preciso entre lo mucho que sucede cada día no perdiendo el hilo; parece una tarea implacable, sin embargo, con tal de preservar espacios donde encontremos otra cosa que la absoluta incongruencia, debe llevarse a cabo. Me he juntado mucho últimamente con dos viejas compañías que había dejado de frecuentar: George Simenon y François-René de Chateaubriand (de quien Acantilado editó una versión de Amor y vejez con un fantástico postfacio de Marc Fumaroli).

Hay una frase que pretendía tener un tono pasajero de José Bergamín y que al instalarse me impidió zafarme de estos dos verdugos: “El que sólo busca la salida no entiende el laberinto, y, aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido”. ¿Salir? Sale quien tenga que hacerlo, para regresar a algún lado o para irse a otra parte, tras cierto tiempo, emprendiendo así un viaje. Con fortuna hay una causa fiel que impulsa o alguna influencia positiva que alienta; pero luego ¿cómo elegir entre los múltiples caminos que existen en el mapa? Yo, gracias a las meditaciones de los ya mencionados y otros como Stendhal y Sainte-Beuve, pude orientarme.

Dejé atrás un discurso solipsista para “salir” a dialogar con el entorno que demanda presencia. Debido al entusiasmo que me provoca registrar cada palabra que leo, acepto compartir sus confesiones delirantes, trágicas, inconclusas y muchas veces destinadas a la destrucción porque aunque parezca contradictorio son un bálsamo contra cualquier mala jornada.

Espero que la juventud que presume interesarse por la literatura empiece a esmerarse en reproducir esquemas valiosos que la salvaguarden. Todos quieren dar cátedra, pero una franca pocos. ¡Eso!, la posteridad llega si uno mantiene la palabra honesta antes que pomposa. Escribir para significar y no sólo por osar perpetuarse en una inabordable quimera, lección que dejan las buenas compañías: no escribir rebuscado, sino pensar sofisticado y comunicar con claridad.

Conforme uno madura, va volviéndose más escéptico respecto a la definición de ciertos términos, aunque si tiene paciencia se vuelve menos severo con ellos y busca darles sentido, en pos de librarse del vacío que supone no encontrarlo. Terrible desatino que nos lleva a tener grandes decepciones (desgarradoras, vehementes verdades) el esperar en lugar de buscar; treta que cuesta mucho llevar a cabo. Por suerte existen miles de libros, millares de pertinentes consejeros.

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