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Lunes , 15.10.2018 / 22:52 Hoy

Igitur

Bordeando abismos

Erandi Cerbón Gómez

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No debe ponerse a un loco como personaje central, sobre la base de que al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar.
Gore Vidal

Hay elecciones importantes que hacer sin evasión posible, a veces por placer, por intuición o por consejo; esto supone un proceso para llegar a tener una relación auténtica con lo elegido. El deseo vuelve a sus raíces, como una necesidad voluptuosa que no cede al desprecio. He visto un filme que me provocó elaborar una reflexión sobre su tema, que también ha merecido otros comentarios críticos en The New York Times.

El hilo fantasma, dirigida por Paul Thomas Anderson, declarado amanuense de la cultura del cine tradicional hollywoodense, musicalizada por Jonny Greenwood (que compuso también el soundtrack de Tenemos que hablar de Kevin, basado en la novela de Lionel Shriver), está acompañada de una fotografía fantástica que se acerca progresivamente al detalle con un toque de arte gótico muy atractivo. Pareciera entonces que la suma de todos sus elementos da un resultado positivo. Sin embargo, como escribe George Steiner, “la belleza es la ruptura de la regla”, y en este caso la confirmación de la regla está en su intención de ser excepcional.

Comprendemos que la búsqueda de la perfección sea un tema inagotable que fundamenta obsesiones, pero la mujer como Pigmalión, el artista metódico, preciso, arrogante, con un complejo de Edipo, y la hermana de monaguillo complaciente, resultan una decantación de otras puestas en escena con mejor cadencia. Ni Hitchcock en Rebecca, Bergman en Secretos de un matrimonio o Clément en Juegos prohibidos, habrían elegido retratar a estos personajes porque no son objetos artísticos, sino solo objetos. Anderson demanda paciencia, de la cual carecemos los espectadores intolerantes a las relaciones absurdas.

Hay comentarios que unos aprueban y otros no. “A mi juicio, Poe fue, casi siempre, un poeta muy malo, un crítico incompetente y un estilista en prosa espantoso”, advierte implacable Harold Bloom. Los juicios de esta índole carecen de popularidad porque escritores que se juzga muy superiores a él lo toman como referencia, e incluso gana en popularidad a Twain, Whitman y Faulkner; además dependen del gusto personal, no de la opinión pública. Algo similar sucede con los directores de cine o, más bien, con cualquiera que exponga su trabajo, aunque inestable y antojadizo, siempre hemos de reconocer lo que de triunfo tiene una invención.

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