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Igitur

Basado en hechos reales

Erandi Cerbón Gómez

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Primero el circo, las puestas en escena, los teatros de marionetas y recientemente la insistencia de actuar los hechos reales, no precisamente en relación con la necesidad de sustentarlos por la razón crítica. Se da entonces un fenómeno que merece la pena argumentar. Como si no estuviéramos hartos de la realidad, existen quienes pretenden reproducirla en algo llamado “series”, más populares que cualquier filme donde el objetivo era examinar aspectos ficticios pero que demandaban una labor reflexiva. Las vemos para comentarlas cuando son muy populares, ignorando que están inspiradas en circunstancias que sí demandan nuestra conciencia y un diálogo abierto.  

Cuando en el transcurso de ellas se vuelve una consigna el imitar los sucesos, uno espera que el libreto tenga un tono racional y personajes convencidos de su dimensión humana. Se han creado varios programas que contrastan entre sí, farsas constituidas por personas que huyen sin ser perseguidas, cuyos productores ni remotamente llegan al fondo de las crisis que nos sobrecogen fuera de la pantalla. Los capítulos van sucediéndose en torno a la vida, apegados a las circunstancias más aberrantes y enmarañadas,  articuladas entre fragmentos de sucesos que en conjunto abordan lo alarmante del mundo.

Están atiborrados de buenas ideas, tal cual, pero no parecen destinadas a un intercambio propositivo. Dejadas de forma premeditada al garete sin que nadie logre resolver los malentendidos que su contenido provoque. Las respuestas que podamos dar al enigma del futuro con el propósito de resolver problemáticas actuales acaban condicionadas por una imprudente exposición. Esta nueva manera de presentar los acontecimientos queda susceptible a condicionamientos sociales.

La autenticidad de una producción debe ensamblarse al contexto que lo empuja a su expresión. El lenguaje de las imágenes, aunque aprehensible aún, no es totalmente universal. Franz Werfel, austro-checo representante del expresionismo alemán del siglo XX, advirtió desde aquel entonces que, a pesar de las innovaciones en materia visual, no se había captado todavía su verdadero sentido, las posibilidades que consisten en la capacidad de expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural. Al margen del contexto Rudolf Arnheim contribuye con una observación fundamental: el último progreso —en materia de entretenimiento— consiste en que se trata al actor como a accesorio escogido característicamente.

Ahora que falta el agua de súbito, busco algún programa con las referencias correspondientes sin hallar ninguno que presagie fatalidades o advierta  consecuencias. Sin embargo, en todos los demás casos, ahí están, inocultables,  los naufragios colectivos.

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