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Miércoles , 12.12.2018 / 03:49 Hoy

Igitur

Aproximaciones y distancias

Erandi Cerbón Gómez

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 Un extraño lleva siempre
su patria bajo el brazo
.
Nelly Sachs

Hay algunos escritores que podemos considerar maestros inservibles; otros, auténticos catedráticos de tiempo completo, y están también aquellos de quienes descubrimos su genio únicamente hasta que han sido publicados, o no lo hacemos nunca porque carecen de oportunidad para hacerlo, condenados así al anonimato. La labor editorial opera muchas veces de rescatista; parece increíble, pero tanto Zweig como Márai pasaran décadas en el exilio del olvido, pero tenían una ventaja: ya habían gozado de éxito y solo fue cuestión de devolvérselo.

Hoy cualquier obra corre el riesgo de pasar mañana inadvertida, pero aunque ello ocurra continuaría siendo parte de una secuencia cronológica que conforma la historia literaria. Es cierto: las novedades afectan lo ya existente, pero no tendrían por qué marginarlo. ¿Cuántos ensayos o crónicas hemos perdido al evitar ir en su búsqueda? Más de los que conocemos. Darle un rostro al autor ignorado significa devolverle identidad y no solo para que esté bajo el yugo del escrutinio público, sino porque puede resultar todo un artífice de la palabra. El problema reside en fincar a veces la perspectiva sobre un ideal poco alcanzable, anhelando la posteridad o el renombre por pretensión, cometiendo el error de descuidar construir una tradición que perdure con el tiempo.

En ocasiones parece no haber un porvenir repleto de “posibilidades”; el futuro quizás sea entonces la imagen del presente proyectada a largo plazo, pero que retrotrae al mismo instante. De aquí el ambiguo horror que exige comprender cómo van sucediéndose una serie de eventos que no sean azar, sino la suma de decisiones premeditadas. “Me han publicado porque lo merezco” o “a pesar de merecerlo, no he sido publicado”. Cortázar diría que algo así ocurre cuando recordamos haber leído algo cuando no ha sido así, y sin embargo tenemos memorizada cada frase del texto; esta sensación de déja vu plasmó él en sus cuentos.

Lo imperdonable de limitar oportunidades como editor y de no tenerlas como escritor, implica recíprocamente una frustración donde ambos olvidan que necesitan el uno del otro para no transgredir ningún estándar de calidad y, para juntos, hacer posible la creación literaria.

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