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Martes , 11.12.2018 / 05:38 Hoy

Igitur

Apología de lo dañino

Erandi Cerbón Gómez

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 “El destino enciende el fuego
con la leña que encuentra”
 Alessandro Baricco

Los estados de lucidez no son permanentes. De ser así evitaríamos, por ejemplo, hacer cosas nocivas para la salud sabiendo que tienen fatales consecuencias. El temor opera como un incentivo que no nos evita exponernos a múltiples peligros, sino ya una vez expuestos para poder sortearlos. Este tema puede abordarse desde tantas disciplinas como maneras de perjudicarse y también de recomponerse existen. Reflexionar sobre esto tan evidente, con conocimiento de causa, le ha costado grandes esfuerzos a generaciones de pensadores; implica desenmascarar móviles atrás de circunstancias que, con alevosía, nos llevan ventaja en el plano del inconsciente y vemos todo, no tal cual es, sino según somos nosotros.

El vicio, según la Biblia, significa “el hábito de obrar mal”, y desemboca en planear huidas que nunca llegamos a poner en marcha. Epicteto, quien era más que un moralista filósofo, afirma que un hombre solo prueba tener valía si sus actos contrastan con la realidad. De pretender sanar, el síndrome de abstinencia surge al aguantarse los primeros asaltos de la necesidad. Podemos tener una vida feliz y dejar que se desmorone con tal de satisfacer la necesidad. No por aburrimiento, por soledad, ni por capricho. ¿Por qué? Porque el deseo que sentimos por algo logra ser más fuerte que aquella felicidad. Cuando William Blake afirma que el camino de los excesos conduce a la sabiduría, seguramente pensaba que Dios, en el extravío, en la trágica búsqueda por recuperar el sentido, no puede sino darnos la fortaleza necesaria para recobrarlo.

Los discursos que abordan el tema ofrecen una visión a veces inédita y otras apasionante; sin embargo, hay una permanencía misteriosa que nadie ha logrado descifrar. Una cultura mental forjada con la intención de no pedir ayuda y hacerse daño se vuelve un arte. Antes de iniciar una larga decadencia habría que contemplar si su legado merece ser pagado con tiempo precioso que debería aprovecharse para gozar, en lugar de arreglar lo que provoca el desenfreno.

Ser pioneros a la hora de abordar cuestiones de vida, sin quedar sometidos al vaivén de nuestros impulsos emocionales, sin tener que reencontrarnos con las sensaciones que dificultan el día a día, parece lo ideal. Habrá quienes suscriban que solamente podemos redimir la historia después de poner empeño en abordarla desde la experiencia, y otros quienes prefieran ahorrarse “errar”, pero seguro no existe nadie imperturbable ni acertado siempre en sus juicios y comportamientos.

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