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Martes , 25.09.2018 / 01:12 Hoy

Igitur

"Allegro non troppo"

Erandi Cerbón Gómez

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Difícilmente alguien que no tenga la versatilidad de Julian Barnes podría aunar dos términos que continuamente están en la cuerda floja: arte y poder (creación y despotismo). El ruido del tiempo (Anagrama, 2016), que no cesa, incluso en lo que parece ser el más absoluto silencio, es un hecho inequívoco como que a la calma prosiga la tempestad. Los sonidos son la vida que pasa o son las cosas que ocurren y significan vida. En cualquier parte de una gran ciudad hay constantemente barullos que obligan a guarecerse en sitios aislados y, sin embargo, de algún modo el eco encuentra el modo de cruzar las barreras que protegen nuestro corazón, esas que diariamente reforzamos en vano, porque cualquier circunstancia tiene algo de sonora. Que todo sea blanco, escribió Edmond Jabès. Imposible. Si el silencio fuera blanco dejaría de suceder la negra oscuridad tan importante para producir y apreciar la luz. Un largo monólogo interior elaborado por un genio que llevó la música hasta sus últimas consecuencias: Dimitri Shostakóvich, aparece aquí como un hombre enamorado y heroico, además de un esteta cadencioso.

Recorremos tres fechas cruciales durante la composición de su séptima sinfonía, que debutó en la batalla de Moscú, conocida popularmente con el nombre de Leningrado: 1936, 1948 y 1960. Oímos los años acompasados entre las autoridades que acusan su música de formalista, el Congreso Cultural y Científico para la Paz Mundial al que va como miembro de la delegación soviética y su afiliación al Partido Comunista. Largas y duras épocas son narradas en 208 páginas con la fluidez de lo que podría solo contarse en volúmenes y volúmenes. Entre las copias de retratos que recopilo durante los viajes, encontré una de Yevgueni Mravinski por Lev Alexandróvich Russov: tras la figura del director, el entero significado de una obra, tributo al compositor con motivos alegóricos de su quehacer; una expresión de la guerra, un símbolo de lucha a grandes rasgos, no solo contra el fascismo sino contra graduales amenazas.

Barnes logra un clima de autenticidad, haciendo una verosímil semblanza entre el miedo y la contemplación en que vivió Shostakóvich: no dormía, esperaba en el umbral de su puerta ser arrestado por la policía política, hecho que jamás aconteció. Los artistas en general creo que no duermen mucho (si acaso se adormecen), menos al tener batallas que ganar pues es entonces cuando escuchan con fuerza aquellas voces de la tierra.

La historia demuestra que, más que alguna perspectiva armoniosa, las dificultades dan más motivos para seguir creando si estás malherido. No puede ser coincidencia que las obras maestras fueran elaboradas durante los trances que ponían en jaque la existencia.

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