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Miércoles , 19.09.2018 / 08:17 Hoy

Verdad amarga

Un peregrino en cuerpo herido: el Papa en muchos Méxicos

Enrique Sada Sandoval

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Todavía con los ánimos caldeados a una semana de su partida, la visita del Papa Francisco a nuestro país merece aún una relectura, más allá del amarillismo de cierta prensa que por lo general ondula entre el jacobinismo más rancio y la complicidad con los poderes fácticos que también representan—bajo la careta de intelectualoides—a la clase política tradicional.

Definiéndose así mismo como un peregrino, tras su llegada a la capital, el Papa fustigó a los políticos presentes y en su propia cara;—empezando por el mismo presidente de la República—a quienes habló del daño que a todos genera la cultura de la corrupción y la impunidad; pasando a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, donde pugnó por la formal y total inclusión de los indígenas y la defensa de su dignidad en todo el país; llegando luego a Michoacán para la beatificación de José Luís Sánchez del Río, el niño mártir, donde brindó mensaje y exhortación—en una entidad tan vilipendiada por el crimen organizado como por el gobierno—a no ser sicarios sino discípulos de Cristo; terminando su ruta con la visita a la tristemente célebre frontera norte, en Ciudad Juárez, donde además de compartir un mensaje de conversión y esperanza tanto para los presos como para los responsables del sistema carcelario en general, fustigó también al precandidato republicano Donald Trump, asentando que no es cristiano el construir muros sino puentes, aludiendo a una de las propuestas demagógicas del millonario neoyorquino para reforzar el llamado “Muro de la infamia” y que los mexicanos paguen por ello.

En fin, tras su visita a lo largo de los muchos Méxicos que conforman nuestra nación, el Papa lanzó diversos desafíos a las autoridades políticas y eclesiásticas como responsables de la seguridad y la justicia social. Pero no fue lo último que dijo al respecto.

Justo ayer, durante la tradicional misa del Ángelus, el Sucesor de Pedro asentó que “El viaje apostólico que cumplí hace unos días a México fue una experiencia de transfiguración. El Señor nos ha mostrado la luz de su gloria a través del cuerpo de su Iglesia, de su pueblo santo que vive en aquella tierra”, a la que definió como “un cuerpo herido tantas veces, un pueblo tantas veces oprimido, despreciado, violado en su dignidad”.

Sin duda una lectura que solo puede venir de quien se acerca al dolor de un pueblo y se atreve a mirarse en el rostro de los que sufren, de los marginados, en un país donde—con más de 100 mil muertos, cerca de 30 mil desaparecidos y sacerdotes asesinados en su labor pastoral— todo lo bueno y dignificante aún está por hacerse.

enrique.sada@hotmail.com

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