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Miércoles , 20.06.2018 / 00:51 Hoy

Verdad amarga

Todos somos Mireles

Enrique Sada Sandoval

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La guerra común entre todos los hombres, desde todos los estamentos políticos, ha tenido siempre por trasfondo ya sea la prevalencia de modelos anteriores o la supervivencia de quienes luchan bajo la opresión generada por dichos modelos históricos—cuando estos se encuentran viciados o han perdido su razón de ser— como individuos o sociedad; y México no puede ser la excepción. Sin embargo, partiendo de nuestro caso, es por demás evidente como grave el ver como esta lucha que los teóricos elementales del Estado Moderno (desde Nicola Maquiavelo, Francisco Suárez, Thomas Hobbes, John Locke, David Hume, Norberto Bobbio, Anthony Gidens y hasta Robert Dahl) habían prefigurado como un fenómeno natural las más de las veces, aquí ha llegado al extremo: desde el tocar fondo hasta la vuelta al “estado de naturaleza” que, lejos de lo que nuestros contemporáneos más ingenuos y los “proges” pueden creer de idílico al escucharlo, significa la guerra a muerte de todos contra todos.Tras la deconstrucción de la Democracia mexicana, desde la corrupción de las instituciones públicas que se pretendían como garantes del Derecho y la Transparencia, el país se encuentra sumido en un estado de gravedad tal que solo ha perjudicado al ciudadano común, beneficiando a la clase política partidista, y lo que es peor: asentando o legitimando incluso a un Estado por encima del Estado, como sucede con el Crimen organizado.Ante la incompetencia de las últimas administraciones federales, los ciudadanos se encontraban inermes, reducidos a víctimas pasivas y sin posibilidad de protegerse en cuanto a su patrimonio, su trabajo y el bien supremo que constituyen la seguridad y la vida, tras el encono de la irresponsable “guerra contra el crimen organizado”, desde hace más de siete años. Y justo donde las instituciones en sus tres niveles fallaron fue en donde un grupo de civiles sentó el ejemplo en Michoacán, organizándose comunitariamente para reclamar la paz que les era propia y asegurar la captura de quienes les habían robado la misma. Así surgieron las Autodefensas, comandadas por personajes como el padre Goyo y el Dr. Mireles, quienes en un lapso no mayor de seis meses lograron lo que la Fuerza Pública no había emprendido siquiera en un sexenio: capturar a los criminales, desmantelar sus redes, tomar sus bases de operaciones, libertar a los secuestrados y restituirle sus bienes, fincas y fuentes de sustento a quienes habían sido despojados; y así fue como ante un Gobierno deslegitimado, los grupos civiles armados vinieron a legitimarse en virtud de los resultados.En este escenario, la captura dolosa e ilegal de Mireles por el Gobierno Federal—bajo la excusa de portación de armas exclusivas del Ejército—, dirigida por Alfredo Castillo (el mismo que no pudo encontrar a la fallecida Paulette en menos de 25 metros cuadrados) resulta no solo arbitraria sino ofensiva para todos los ciudadanos, y más cuando el líder narcotraficante conocido como “La Tuta” sigue impune en su entidad.Por desgracia, ni todo el país es Michoacán ni todos los mexicanos somos Mireles, aunque quisiéramos serlo tanto como exigimos verlo a él y a los suyos: libres, terminando su trabajo.


enrique.sada@hotmail.com

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