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Verdad amarga

Fútbol, integración y barbarie

Enrique Sada Sandoval

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Decía el historiador José Fuentes Mares que las Olimpiadas, lejos de ser los festejos de la paz, no eran otra cosa que la celebración de la guerra bajo otros ropajes. Lo mismo puede decirse también del fútbol y de la Copa mundial que se celebra con efervescencia religiosa.


Y aún y cuando la propia FIFA, al igual que el Comité internacional olímpico en su momento, no quisiera que esto suceda, el fútbol termina también por convertirse en un hecho politizado. 


Prueba de ello lo dieron los propios franceses quienes como peones o tontos útiles de la corrección política por excelencia, prepararon la posibilidad del triunfo para curarse en salud ante los ojos del mundo grabando en las camisetas de su selección y de sus aficionados la leyenda: “Nuestras diferencias nos unen”. Independientemente del tufo progre, y por ende retrógrada de esto, tal parece que para la selección nacional francesa no se trataba de ganar siquiera sino de promover vilmente una ideología política en donde, farisaicamente, la “multiculturalista” Francia pierde o vence ante la “racista” Croacia que, por la configuración de su equipo—católico y europeo—iba a ser señalada como tal incluso ante la posibilidad de la victoria, para que esta no fuera “limpia” ante los ojos sectarios del marxismo cultural.


Sin embargo, en la manzana prohibida del triunfo ya venía incubado desde hace al menos una década el pecado y la penitencia: la gendarmería francesa y demás fuerzas del orden púbico tuvieron que intervenir la noche del domingo en varias ciudades durante las celebraciones por la victoria de su selección en el Mundial de fútbol de Rusia, tras los destrozos y actos vandálicos por parte de diversos grupos de alborotadores, donde sobresalen los migrantes, con saldo de 292 arrestos, 90 de ellos en París, y 45 policías y gendarmes heridos, según el Ministerio del Interior; algo que nunca había ocurrido en la historia del país.


Ni siquiera se trata de una cuestión racial en sí sino de integración, respeto a la Ley, y adaptación al país que generosamente les ha abierto algo más que las puertas.


Sin embargo, cuando la mitad o más de la mitad de la selección nacional está conformada por inmigrantes o descendientes directos de migrantes, es indudable que algo no anda muy bien en Francia, o parafraseando a Shakespeare en Hamlet: “Algo huele mal en Dinamarca”. 



enrique.sada@hotmail.com

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