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Martes , 18.09.2018 / 14:54 Hoy

Verdad amarga

De la banalización del mal a la estupidización del bien

Enrique Sada Sandoval

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Cuando Hannah Arendt prevenía al mundo sobre el peligro que conlleva esa férrea y maniquea satanización de la alteridad, por cuanto de injusticia y fariseísmo implica la banalización del mal, justo después de los resquemores de la Posguerra y lo más enconado de la “Guerra Fría”, lo hacía no solo por la terrible experiencia personal que implica la confrontación ideológica; también lo hizo como testigo de dos conflictos mundiales (tan terribles por la muerte y el salvajismo desplegado) pensando en las víctimas: en los que terminan contados por millones o como estadísticas a la hora de desenterrar fosas comunes, a quienes los torvos y poderosos suelen remitirse como “daños colaterales” para evitar llamar las cosas por su nombre.

Sin embargo, con lo que la célebre filósofa no contó fue con que una vez cruzado el umbral de un nuevo siglo, tras el colapso comunista, la posmo-dernidad se encargaría de llevar el nivel del horror y de lo absurdo un paso más allá, una vez que la tecnología de punta y la demasiada información llegó al alcance de la mano y el bolsillo de las masas (hecho del cual si nos previno en cambio un grande como Ortega y Gasset hace más de setenta años).

La muerte de un león en Zimbawe, al que los cibernautas individualizaron poniéndole incluso el nombre de “Cecilio”, vino a convertirse en un hecho viral para quien fue su cazador; generando avalanchas de indignación y auténticas campañas de odio e intimidación que llevaron el acoso hasta la puerta de la casa del responsable.

Sin embargo, Zimbawe sigue pasan-do desapercibido para esas “buenas conciencias” como un país en que los ciudadanos sufren bajo la más brutal de las dictaduras y donde los niños mueren de hambre o sed ante la escasez de lo más mínimo e indispensable.

Igual indigna el poco o nulo impacto que genera en la red la foto de un pequeño migrante sirio, de dos años, ahogado a orillas de una playa, como uno de los tantos que huyen del terrorismo de Estado y las aberraciones del Estado Islámico en Medio Oriente, sin que la ONU ni las masas volubles y mezquinas que lamentaron la muerte de un animal les alcance suficiente corazón o cerebro, entre todos juntos, para llorar una vida humana.

Y este nivel de aberración y autodegradación, impensable para nuestros pensadores del pasado siglo—o aún del anterior—no solo se nos presenta como una realidad que nos condena como responsables inermes que se escudan tras una pantalla de cristal líquido: también cierra las puertas a generaciones venideras, por cuanto anula la esperanza de un mejor futuro, aquí, desde el presente.


enrique.sada@hotmail.com

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