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Columna de Enrique Norten

Nueva estructura para la Ciudad de México

Enrique Norten

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La megalópolis que conocemos ahora como Ciudad de México es el resultado de la consolidación de varios pueblos independientes de diversos tipos y tamaños que por muchos años —algunos antes de la llegada de los españoles— habían compartido el bello Valle del Anáhuac. La Ciudad de México nació siendo moderna y policéntrica.

Con la excepción de la poderosa gran Tenochtitlan, situada en un islote en el centro de la laguna que ocupaba prácticamente la totalidad de los 9 mil 500 kilómetros cuadrados del Valle de México, las demás se ubicaban en su mayoría en los bordes de este importante cuerpo de agua. Estas poblaciones se comunicaban y relacionaban por unas pocas calzadas construidas sobre la superficie de la laguna y un complejo sistema de canales acuíferos.

El incremento de los perímetros de estas pequeñas ciudades, debido a su propio crecimiento demográfico y a las distintas migraciones, desdibujó y confundió los territorios que ocuparon estos centros diferenciados. Al pasar de los años se fue creando una sola mancha urbana indistinta, y al mismo tiempo que nos fuimos acabando los bosques y las aguas que sirvieron como medio de comunicación y comercio entre los habitantes de los distintos centros políticos y culturales de este valle, también modificamos su clima de forma permanente.

La posrevolución trajo consigo a la capital la industrialización y una nueva economía de oportunidades que produce ahora mas de 20 por ciento del PIB nacional y con ella la inmigración masiva, que multiplicó de manera geométrica la población de la ciudad y el crecimiento imparable de la capital mexicana. Al mismo tiempo, la llegada del automóvil acercó de manera muy significativa los varios barrios urbanos entre sí y las distantes periferias. El nuevo habitante del espacio público de la ciudad —el automóvil— demandó la creación de nuevos caminos y se construyó así la red vial que ahora rige, ordena y organiza nuestra ciudad.

El siglo XX marca el crecimiento más desmedido y desproporcionado de la ciudad, así como el desbordamiento de todos sus límites geográficos y políticos. A partir de la segunda década del siglo pasado, la población se multiplicó por dos en periodos de 20 años. En estos últimos 120 años pasamos a ser de menos de un millón de habitantes a los casi 25 millones de personas que ahora vivimos en la zona metropolitana, y que ocupamos la monstruosa cantidad de más de 15 mil kilómetros cuadrados urbanizados. Más definitivo ha sido el crecimiento del cuerpo vehicular: de no haber automóviles hemos llegado a reunir en el área metropolitana más de 5.5 millones.

A pesar de los grandes esfuerzos que se han hecho por proveer de transporte público a los habitantes de esta gran ciudad —la construcción de 12 líneas del Metro, una rica red de autobuses interurbanos, además de una compleja maraña de transporte informal— y de las siempre insuficientes inversiones en infraestructura urbana para mejorar la fluidez y movilidad del transporte privado —la construcción de viaductos, anillos periféricos, libramientos, segundos pisos, etcétera—, estamos a punto de perder esta batalla contra el automóvil. El tráfico en la Ciudad de México se ha vuelto insoportable, con sus evidentes y nocivos síntomas: pérdida de millones de horas de trabajo productivo, inseguridad y contaminación atmosférica excesiva.

Con Marcelo Ebrard, como decíamos en el texto anterior, se planteó un muy interesante nuevo modelo de estructura para la Ciudad de México que se sobrepondría a la estructura histórica de la metrópoli actual, conservando sus múltiples virtudes. Este plan, recordemos, consiste básicamente en crear una nueva trama urbana que identifica y conecta los nodos de transporte colectivo que de manera orgánica y natural se crearon en la ciudad en los últimos 60 años. Con un plan de inversión público-privada se pretende construir en estos sitios modernos centros de intercambio de modos de transporte, los Cetram, que provocarán el desarrollo permitido y regulado de densas comunidades de demografías y usos mixtos, donde las personas tendrán la oportunidad de vivir, trabajar, estudiar, etcétera, y que además contarán con los servicios necesarios que permitirán a su población permanecer y desplazarse lo menos posible. Una nueva ciudad, decíamos, policéntrica, más densa y diversa… y más moderna.

La guerra por transformar nuestra ciudad no se ha terminado. Ratifico la confianza de que sabremos aprovechar las oportunidades que tenemos, como Chapultepec, Taxqueña, Ecatepec, Tacubaya, Observatorio y el nuevo aeropuerto, entre otros, que tienen la gran vocación y posibilidad de convertirse en estos nuevos centros de ciudad, densos y multifuncionales, articulados por espacios públicos bien diseñados y proporcionados, y poblados por comunidades ricas y diversas, que nos permitirán reconfigurar y reinventar nuestra ciudad. No está de más hacer énfasis en este punto.

*Director de TEN Arquitectos y profesor de la UPENN

Correo electrónico: E.Norten@ten-arquitectos.com

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