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Jueves , 18.10.2018 / 11:31 Hoy

Punto de Inflexión

Los entretelones del Óscar

Enrique Martínez y Morales

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Sin duda uno de los eventos más esperados por los amantes del Séptimo Arte es la ceremonia de entrega de los Premios Óscar. Momentos emocionantes, sentimientos encontrados y enormes sorpresas, inmersos en un adictivo ambiente de alta tensión, nos regala la noche de gala transmitida desde el Teatro Dolby a quienes la seguimos por televisión.

Esta última entrega no fue la excepción: a DiCaprio por fin le hizo justicia la Academia al otorgarle la anhelada estatuilla después de 4 fallidas nominaciones. Lo mismo a Morricone, quien en su sexta nominación consiguió hacerse con el premio a la mejor banda sonora. Y qué decir de la explosión de orgullo nacionalista obsequiada por nuestros compatriotas Iñárritu y Lubezki al arrasar en sus respectivas especialidades.

Pero los Premios Óscar tienen un problema. Una falla de origen causada por su metodología: el veredicto final no deja de ser una valoración subjetiva, realizada por los miembros de un club privado, no exentos de los sesgos, paradigmas, filias y fobias propios del ser humano.

Salvo casos extraordinarios, es difícil rebatirle un triunfo al caballo ganador de la carrera, al equipo de fútbol que metió más goles durante el partido o al golfista que dio menos golpes durante un torneo; pero siempre quedará un asomo de duda, un dejo de suspicacia o de desacuerdo con las decisiones de los jueces en el box, en los clavados o en los Premios Oscar.

Woody Allen, considerado por muchos la figura cinematográfica más importante e influyente de todos los tiempos, es consciente de esta dolencia: ha sido nominado 24 veces a este galardón y nunca ha asistido a uno de esos eventos. ¿Sus argumentos? Principalmente utiliza dos: un impostergable juego de básquetbol o su imperdible noche de jazz con un grupo de amigos, en el que él toca el clarinete.

Sin duda excusas torpes para enfatizar su desprecio por la Academia, con todo y su rimbombante ritual. Woody cree firmemente que los premios no siempre estimulan la creación, sino por el contrario, la inhiben y la destruyen; y de aceptar los cuatro premios Óscar que la Institución le ha entregado, afectaría la calidad de su trabajo.

“No puedo acatar el juicio de otras personas, porque si lo hago cuando dicen que merezco el premio, también tendré que aceptar cuando digan que no”, dijo Allen.

Quizá esta forma de pensar haya mantenido a Woody Allen en el ánimo del público a través de las décadas. Su reinvención permanente, su creatividad sin límites y, sobre todo, no dejarse llevar por el canto de las sirenas han sido su clave de éxito. Como dijo T. S. Eliot al rechazar el Premio Nobel de Literatura: “El Nobel es el boleto a tu propio funeral. Nadie ha hecho nada después de recibirlo”.

El problema no son los premios ni los reconocimientos. Ni el hecho de recibirlos. Es lo que hagamos con ellos y cómo afecten nuestro ego y nuestra capacidad para seguir creando… Como lo han hecho nuestros compatriotas El Chivo y El Negro. ¡Bien por ellos!


emym@enriquemartinez.org.mx


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