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Crónica

¿Qué ganas con tanto rencor carcomiéndote?

Emiliano Pérez Cruz

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Ya entrada la noche, le insistió por enésima vez que fuera, que acompañara a su padre, a sus hermanos y sobrinos. No, ve tú si tantas ganas tienes. Ambos tenían enfrente la taza de café humeante, aromático. Ella daba un sorbo entre puntada y puntada al overoll que remendaba. Él, cada que el cuerpo se lo pedía. Come un pan, luego te ataca la gastritis. No, dijo él, así está bien: las harinas me abotagan. Ella se caló los anteojos, los de ver de cerca, y siguió ensimismada en su labor, que ocasionalmente interrumpía para repetir:

–¿Qué pierdes con ir? Ella descansa ya en el Santo Seno del Señor. Y don Cleto necesita que lo reconforten. No seas rencoroso con mi suegro, viejo.

Rencoroso, pensó él. Pesaba la palabra, aunque el tono en que ella la pronunciaba era ligerito. Cómo no tenerle rencor, con qué ganas iría, pero a cantarle sus verdades hasta el cajón. Nunca lo hizo, por respeto a don Cleto: enviudó joven. María Encarnación alcanzó a parir otro angelito muerto sobre el camastro de tablones de pino, recubierto con paja, y apenas tuvo tiempo para decirle al marido: ahí se lo encargo al vivo, la tía Esther o la abuela Chona pueden ayudarle a criarlo. El vivo, Bonifacio, cumplía tres años.

Prefirió a Abby, una de las hijas de Onésimo, casadera ya, para que viera por el chamaco. Habló con él, acordaron la dote y hubo gran fiesta en el caserío. Él, Bonifacio, tenía cuatro años de edad. Le compraron ropa nueva y acompañó a Cleto hasta el altar y se hincó con la pareja y cuando el cura repartió la comunión, él también la recibió. Luego, tras la tornaboda, volvieron al jacal.

Iría contigo, pero serían más gastos, y no está el tiempo para eso; anda: báñate, vístete y vete, todavía alcanzas el camión, dijo ella, pero él se veía sentado a la mesa, en el rancho, frente al padre; Abby servía los platos. ¿Y él no cena? Ya le di antes que llegaras, contestó ella. Dale otro poco, que cene con nosotros. Lo estás mal acostumbrando, pero en fin...

No había desayunado y así lo despachó a preparar el alimento para las gallinas y los cerdos. Volvió al almuerzo. Cleto andaba en Acámbaro. No has desquitado lo que te comes, pero eres puntual pa’ la tragadera: ¡ándate a pastorear las vacas y borregos, talegón!, le gritó y con un palo lo siguió hasta el brincadero: allá tú si no lo haces: te parto el lomo a varazos, ¡y no quiero verte por aquí!

Se acostumbró a pasar el día entre los pastizales, arreando borregos, comiendo la fruta de las huertas, aunque les faltara madurar. O se iba en busca de Esther o Pompeya, sus tías maternas, que lo recibían de buen modo, les contaba de las palizas que recibía de Abby, de cómo le escamoteaba la comida y lo maldecía: ojalá y te hubieras muerto con la difunta...

Así creció, a la buena de Dios, con su madrastra corriendo por el llano tras él, apedreándolo, atinando uno que otro varazo que el otro pronto aprendió a sortear. Todo mundo en el caserío tenía la idea que era desobediente, flojo, grosero con su madrastra, quien los ponía a tanto con rostro compungido, lloroso por el más reciente aborto, malhaya sea: mejor hubiera muerto ese demonio, pero es correoso, correoso…

Con frecuencia Abby enfermaba de lo que ella nombraba el bronquitis. Sus tías intercedieron por Bonifacio, pidieron a Cleto se los diera, nosotros lo criamos y te lo devolvemos cuando esté en edad de ayudar; lo mandamos a la escuela, que se eduque antes que se malee…

Cleto solo remojaba su tortilla en el caldo de los frijoles y con brusquedad las cortaba: hagan su vida y dejen la mía en paz, no anden de argüenderas. Le dijeron que lo tenía mal comido, mal vestido, mal bebido: ella se queja que roba el queso y las tortillas, pero con eso no se acabala la nutrición, Cleto, tente claridad. Todo en vano.

Decidieron aconsejarle a Bonifacio que se fuera a la ciudad, porque lo que es aquí no tienes futuro: con los tres hijos que ya Abby logró, cuantimenos. Esther, Pompeya y su marido el Sordo lo acompañaron a la estación del tren, ya con huaraches, sombrero y vistiendo la ropa limpia, la menos remendada. Anduvo de peón de albañilería con su tío, hasta emplearse como ayudante de un chofer ferretero y, gracias a su carácter acomedido, se lo granjeó y aprendió a manejar.

Si hablaron para avisarte, corresponde, ¿qué ganas con tanto rencor carcomiéndote? Tus hermanos no te hicieron ningún mal, ve a dar el pésame: llévate un kilito de café y otro de azúcar y les das saludos de mi parte, escuchó decir a Fátima. Fue hasta la estufa y llenó de nueva cuenta la taza: nomás de burla, la comida que ya estaba pa’l perro me la servía: si tanta hambre tienes, traga, decía, se largaba al patio y yo me la tragaba; un día me enchuecó una mano con el santo garrotazo que le paré, antes que no la rompió. A como me daba la entendedera remendaba mi ropa, porque conmigo fue mala, lo que se dice mala, ¿onde piensas que iré a verla? Ni a mi apá: llegaba cansado y Abby me acusaba de cosas que no, puras fantaseadas de ella, pero le calentaba la cabeza y hacía que me diera unas palizas de perro bailarín...

Fátima se levanta y prepara una muda de ropa, la acomoda en un morral. Vuelve de la cocina y agrega un par de naranjas, dos plátanos y un pan de dulce: te los comes en el camino y cumples, nada pierdes; aquí te dejo una chamarra limpia, voy a ver qué hacen esos pingos, que ni ruido se escucha. Pero qué ganas las tuyas para que haga lo que no, Gorda: allá ella, que se pudra en el infierno, es todo lo que le puedo desear, y es poco.

A nadie le desees el mal, Boni; tu cumple con tus hermanos, que te estiman. Yo digo que lo que hagas estará bien, si es tu decisión. Bonifacio le dio in beso en la frente, cogió el morral, dio otro sorbo al café y se dirigió a la puerta. Ella suspiró y lo miró cerrar la puerta tras de sí; un rato después asomó por la ventana y lo vio ahí, sentado en la banqueta, recargado en el pirúl, fumando, con el morral a un lado.

Será su decisión, suspiró Fátima y cerró la cortina… 


* Escritor. Cronista de Neza



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