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Lunes , 28.05.2018 / 05:45 Hoy

Ahora que me acuerdo

Tío Nico

Emiliano Páramo

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Querido tío Nico, hace más de 20 años que nadie en el pueblo sabe de ti. Yo andaba en el norte en ese tiempo, y sólo me enteraba de tus cosas por los chismes de mis primas, que me llegaban de su boca, cuando algún domingo llamaba a la casa de la abuela, para saber cómo le andaba la diabetes y la presión que terminaron por matarla, con la tristeza de no saber dónde andarías. Un día, después de que te fuiste, me dijeron que pidiera razón de ti, acá de este lado, a ver si alguno sabía de tus pasos, pero nadie te volvió a ver por ningún camino ni vereda. Yo les dije que tal vez te habías ido a buscar el tesoro que guarda la panza de la loma grande, y que seguro el “encanto” se había cerrado antes de que pudieras salir, pero nomás lo dije por decir. Tú y yo habíamos ido muchas veces a buscarlo, y será que “no nos tocaba”, porque nunca encontramos en la cueva sino caguamas vacías y calzones de las que se iban por allá a tener amores, bajo el amparo húmedo de una covacha oscura, donde decían que vivía el nahual, y el Charro Negro resguardaba el oro que un día Los Plateados le habían dado a guardar al Patas de Chivo. Aquel es un cerro pelón que al norte sirve de fondo para el pueblo. En ese lugar contaban los viejos, vivieron hace mucho, otros más viejos, de los que no quedaron sino tepalcates y piedras que los pastores juntaban para guardar junto a la palma bendita y las santas ceras del adviento.

Una noche, sin aviso alguno, por encima, le crecieron al cerro fueguitos en bola que bailaban según viniera el sereno. Con las luces aquellas, llegaron al pueblo unas señoras que “curaban” y vendían yerbas en el mercado. Eran 7, que según dijeron, venían de Veracruz. La más chica, Mariana, tendría unos 20 años y la belleza de las flores de San Juan cuando amanece llovediza la mañana. Tú te enamoraste de ella, pero mi abuela fue dura y dijo que uno de los nuestros, jamás se ayuntaría con una bruja. Será el sereno, pero a ti, como siempre, te valió madres y la pediste para casarte con ella, aunque no hubo boda. El padre Aurelio no quiso casarte con una que invocaba a los muertos, así que sólo te la llevaste a vivir a la casa que habías hecho de ladrillo, muy cerca de la bajada del río. Yo no dudé que te hubieras enamorado a lo macho, porque para faltarle a la abuela, hacían falta los tamaños que nomás el amor coloca, cuando hierve en el pecho como el café, cuando trastumba en el fogón.

Días y noches pasaron con más gloria que pena. Tú vendías muy bien lo de la milpa, y la huerta del río les daba para bien comer. Mi abuela te dejó de hablar, igual que mis tías y las primas metiches que nunca faltan para hacer bolas el engrudo. Pero tú estabas feliz, y ella también, según me fueron contando los amigos. Pero las lenguas ponzoñosas no paraban de decir que Mariana salía de noche por la ventana de tu casa, convertida en guajolote, y después, subía hecha un manojo encendido, como una bola de fuego, para danzar con las otras 6 de su raza, sobre el lomo profano del cerro pelón al norte del pueblo.

Una noche, me contó la abuela, los tacos que te cenaste no te dejaron dormir, a pesar de que al día siguiente tendrías que madrugar, pues vendrían temprano a comprarte entera la cosecha de frijol para su venta en la Central de Abastos. Pero para no incomodar a Mariana, te hiciste el dormido. Después de un rato, sentiste que ella se paró, sin embargo seguiste haciéndote el dormido, mientras ella se desnudaba. Nada hubiera sido tan raro, de no ser porque al quedar como Dios la había traído al mundo, comenzó a girar los brazos y se los desprendió; lo mismo hizo con sus piernas. Cuando ya era el puro tronco y la cabeza, empujó sus extremidades bajo el fogón, se fue a brincos hasta la ventana y salió volando, tal como te habían contado los chismes del pueblo. Sé que te quedaste paralizado desde que cayó el primero de sus brazos, sino, seguro que te habrías levantado pidiendo respuestas. Te fuiste corriendo a casa de la abuela y ella te miró y, entre lágrimas sólo espetó: ¡te lo dije! Fue a la cocina y regresó con una bolsa de sal de grano que te entregó para que la untaras en los cabos que tu mujer había dejado bajo el fogón, a fin de que no alcanzara a ponérselos, y ya indefensa, pudieras matarla con el machete regado en agua bendita de Santa Juana Virgen. Cuando Mariana entró por la ventana y recuperó la forma por la que tu boca tenía costumbre, saliste de las cobijas con el machete en alto, pero yo sé que no pudiste. Te veo lavar con tu saliva los muñones y colocarle brazos y piernas donde Dios manda. Ese fue el día que desapareciste, nadie supo cómo, pero desde entonces, una bola de fuego más se puede contemplar por las noches, surcando los cielos de este pueblo donde nos crece soterrada la andancia del olvido. Yo sé que hay amores brujos más allá de los conjuros y del tiempo. Cuando veo el cerro iluminado en las altas horas, sólo pienso en ti, en tu mujer y canto “ Ay, qué bonito es volar…”

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