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Martes , 18.09.2018 / 22:41 Hoy

Intelecto opuesto

Semana Santa III: el apocalipsis

Eduardo González

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Y llegado el tercer día tras haber descendido al inframundo de cuerpos y almas, volvió al ascenso físico para posteriormente hacerse polvo de estrellas.

Muchos lo confundieron con el destello de la mañana, otros con la constelación más nítida hasta ese entonces, pero solo pocos supieron que se trataba de él, de la carne de nuestra carne y de la sangre que derramamos todos: los seres humanos.

Al abrirse los cielos un estruendo se escuchó a millones de kilómetros, quizá hasta en planetas vecinos, pues el firmamento pasó de un azul celestial a un negro espacial sin fondo, como si se hubiese formado un portal final, todos sabían que lo era.

La primera muerte había sido consumada y fue la creación hecha cenizas de sus propias entrañas y polvo de su propio esqueleto; segundos atrás una voz anciana, gruesa pero lenta, dio aviso parroquial que penetró en los oídos de cada habitante de la tierra.

Damas y caballeros, niñas y niños... ha llegado la hora, de morir. Dijo. Y nada vivo, ni célula ni átomo, quedó entre los que habitaban aquel sitio que de un instante a otro pasó de ser una civilización a un valle de desolación.

Ni el sol ni la luna ni las estrellas ni ningún otro cuerpo estelar se hacía visible. El caos reinó a la llegada de dos ángeles, uno enfundado en armadura brillante, con una espada de la que emanaban gritos, aullidos, alaridos con el último aliento de quienes habían sido juzgados. El segundo, con una vara roble antiguo, forjada en los inicios del planeta y restaurada para medir a quien debía ser castigado.

Ellos se encargaron de las almas en pena, de los que no habían podido llegar hasta el portal final, ellos iban a cerrar el ciclo y a sellarlo con llaves y chapa de oro. Tampoco hubo fuego, solo algo de viento y una ligera lluvia que parecía traer consigo la normalidad de lo que fue alguna vez el sitio de vida. Nada menos cierto a lo que estaba pasando.

La tierra había sido alejada tanto del sol que todo fue hecho hielo, la superficie por órdenes supremas comenzó a resquebrajarse y miles de montañas emergieron de entre los mares congelados, todo quedó estático, como atrapado en el tiempo y en el espacio.

Pero se olvidaron de alguien. Quien testificó todo lo antes visto y narrado salió poco después del ascenso. También fue perdonado y restituido en todos sus derechos celestiales. Su grave falta de respeto le fue convidada a la creación, por ello el fulminante final. Y tras la tormenta la calma, salió de su refugio y no encontró nada más que hielo.

Por primera vez en muchos siglos sintió frío pero no sabía qué era. Tampoco la soledad ni el hambre ni la necesidad de sobrevivir. Siempre había gozado de cabal salud y todos los servicios pese a su exilio, ahora, no se había visto ni en un trozo de hielo, estaba desnudo y tenía conciencia de todo.

Lloró y suplicó ser enterrado. Caminó descalzo por horas hasta que las plantas de sus pies comenzaron a sangrar. Sangre de tu sangre, carne de tu carne, oh padre porqué me has abandonado, me hubieras llevado y no a ellos, no sabían lo que hacían.

eduardogonzalez.lopez@milenio.com

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